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Mohamed VI celebra 10 años en el poder sin cumplir con las expectativas

Enviado el Jueves, 23 de julio de 2009, a las 18:57:17
Tema: Marruecos - Enviado por webmaster10
Marruecoselperiodico.com BEATRIZ MESA
RABAT

Hace 10 años en un día como hoy, todas las banderas marroquís estaban a media asta y los habitantes de Rabat vestían de luto. Hassán II, el hombre que gobernó con puño de acero el reino magrebí, había muerto. Hoy se recuerda su muerte y la entronización de su hijo, Sidi Mohamed, en quien buena parte de la población proyectó todas las ilusiones y las esperanzas del cambio, de la ansiada «transición».
El príncipe heredero, de quien se decía «tiene madera democrática», sucedía a su padre y abría una nueva singladura en la forma de reinar. Parecía que se acababa el reinado de los abusos, de los atropellos, de las detenciones arbitrarias, de las desigualdades, y que Marruecos entraba en un dorado periodo donde primaría la justicia social gracias al proclamado «Rey de los pobres».

Una década más tarde, las primeras buenas intenciones se han visto frustradas, la transición no ha llegado a cuajar y el joven Mohamed VI no logra colmar las expectativas del ciudadano de vivir en un Estado de derecho. El príncipe heredero ha pasado a llamarse el monarca de la «continuidad». Al borde de los 47 años, el monarca alauí sigue dominando todos los sectores, en él se concentran los poderes y continúa siendo alguien «sagrado» e «invulnerable». Es la sombra de su padre. Pero Mohamed VI no es Hassán II. Desde que subió al trono, su objetivo ha sido acercarse al pueblo y lo ha hecho, a diferencia de su predecesor, multiplicando los viajes, recorriendo poblaciones remotas donde jamás puso un pie Hassán II.
Sin romper del todo con la tradición, cuando el rey se desplaza también lo hacen las cientos de alfombras de lana, como las que se extendieron en la playa de Alhucemas para evitar que el monarca alauí se llenara los zapatos de arena y, allá donde viaje, la parada del besamanos es emblemática. Pero el hecho de dejarse ver demasiado a menudo en público no quiere decir que el rey conozca la realidad de un país en el que reina y gobierna. Analistas e historiadores están convencidos de que ignora lo que ocurre en la sociedad porque a su paso se ha sembrado césped y levantado tapias para esconder los bidonvilles (chabolas).
Mohamed VI tampoco es Hassán II cuando reconoce la existencia de pobreza y crea importantes instituciones para erradicarlas, cuando entiende que uno de los problemas acuciantes es la marginación de la mujer e impulsa un nuevo código de familia que les garantiza más derechos, y cuando levanta proyectos de infraestructuras de electricidad, autopistas y agua potable.

Permisivo con la corrupción

Su toque de modernidad, la imagen que quiere trasladar, encajaría muy bien si no fuera porque «permite la corrupción, consiente a los aduladores y a una justicia que no es independiente», según criticó un analista político. Y en plano ideológico y religioso «no deja libertad para que cada cual piense como quiera».
Tampoco es su padre en otro punto crucial. Se muestra como un joven tímido, discreto, poco locuaz, que repele las cámaras y parece que lee a regañadientes cada uno de sus aislados discursos. Solo han dado siete entrevistas y ninguna rueda de prensa en 10 años. «Morocco is first (Marruecos, primero)» o también «Taza (una ciudad marroquí) está antes que Gaza» son dos lemas que reflejan desinterés. Hace tres años que no acude a las cumbres. Su tiempo transcurre entre los palacios y chalés señoriales, subido a un tren de vida –esto sí lo ha heredado de su difunto padre–, inalcanzable por el común de los mortales. La fortuna del «Rey de los pobres» está clasificada entre las primeras de los reyes del planeta.

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