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Sáhara en el corazón

Enviado el Sábado, 07 de julio de 2007, a las 13:51:23
Tema: ***** Lecturas recomendadas - Enviado por webmaster10
***** Lecturas recomendadasEL PAÍS

Reportaje: Saharauis

Cuando el viajero sale del avión en Tinduf, al extremo suroeste de Argelia, no nota como temía el bofetón cálido del aire del desierto, ni la sensación aplastante de los 45 grados que le habían prometido.
Es de noche y hay en el aire, eso sí, un ronroneo callado de motor todo terreno, un olor sutil a diesel y una sequedad irritante.
Al cabo de unos pocos kilómetros de asfalto uno de los treinta Toyota que han venido a recoger a las poco más de 150 personas que volaban en el charter fletado por las diversas asociaciones de solidaridad españolas, emboca una pista de tierra y vadea el primer bache. Antonio, un veterano lo suficientemente loco como para haber corrido un maratón en estas tierras y con más viajes a los Campamentos a sus espaldas, advierte:

- El primero de una larga serie. Ahora son un par de kilómetros. Mañana unas nueve horas hasta Tifarity.

- ¿Así todo el rato?

- No, a noventa por hora.

No es el único que repite. De las haimas y las casas de adobe empiezan a salir sobre todo mujeres y niños que saludan, abrazan y saltan alrededor de los veteranos pronunciando sus nombres con la vehemencia y la precipitación que presta el hassaniya, la versión local del árabe.

Huele a arena y a cabra y las estrellas filmadas en las películas sobre el desierto se esconden burlonas tras un velo de niebla arenosa mientras las mujeres lucen otros velos de vivísimos colores, la melfah, versión entre pop y funky de los de otras latitudes. Pero aquí los lucen con orgullosa coquetería, sin esconderse tras ellos. El grupo que viajaba en el coche se dirige a una construcción de adobe en cuyo patio se levanta una haima de lona verde y se extienden un montón de esterillas y alfombras rojas, de esas que venden los ambulantes por los bares de Lavapiés.

Todos rechazamos la cena tras dos imaginativos refrigerios servidos por Air Algerie, generosamente regados por Mirinda de manzana a temperatura ambiente. La hija de nuestra anfitriona, la directora de las escuelas de los Campamentos 27 de Febrero, empieza a escanciar el té de vaso en vaso y vuelta a la tetera. Al cabo nos ofrece un brebaje muy azucarado.

- Dulce como el amor, dice el veterano y no puedo evitar volverme a mirarle. Bebemos, devolvemos los vasos y siguen las manipulaciones. Luego, otro vaso.

- Suave como la vida. Y tras las mismas maniobras añadiendo sólo agua a las hierbas, el tercero.

- Amargo como la muerte.

Las tres mujeres –las dos saharauis y la visitante- charlan y se dejan fusilar por los flashes de nuestras cámaras. Al primer elogio sobre sus vestidos las saharauis se levantan, entran y salen al instante anudando una melfah, de un azul tan celeste que hace daño, en torno a los ojos también azules de Carmen.

Me dejo caer sobre las mantas y las alfombras y el cojín que alguien ha colocado estratégicamente. La arena suda su calor, el camello bordado en la almohada sonríe, la hija reza sus oraciones, la madre retira la mesita del té.

Hacia el suroeste

Tras la reiterativa llamada del muecín a la oración, los Toyota entonan la suya. Desayunamos lo que nos han preparado y salimos corriendo hacia la explanada de tierra, donde se despereza el ganado, los niños enarbolan tremendas sonrisas luciendo sus camisetas del Betis, Athletic, Valencia, Osasuna y sobre todo... de Zidane, y nos esperan los conductores, acompañantes y dirigentes del Frente Polisario.

-Como sabéis vamos a ir al Muro en este 32 aniversario del comienzo de nuestra lucha. Luego, pasaremos a territorio liberado hasta llegar a Birlehlou, comeremos y descansaremos en lo más duro del mediodía y continuaremos hasta Tifarity.

Al abandonar el asfalto y salvar los últimos edificios de los alrededores de Tinduf, descubrimos un mar de contenedores marítimos en medio de la arena.

-No vale la pena llevarlos de vuelta-, observa Mohamed Sidati, ministro representante del Frente Polisario ante la Unión Europea que hoy nos hace de guía, mientras enciende un puro dentro del atestado vehículo y se coloca en torno a la cabeza el pañuelo negro, el fam, que protege del sol y la arena, y como los rebozos mexicanos espero que también de las penas y olvido. Pasan tres horas atravesando la Hamada –el desierto más duro del mundo- circulando los vehículos a veces de 10 en fondo y levantando un mar de polvo. A veces una acacia desafía el yunque del sol y un lagarto yergue la cabeza mostrando su eterno escepticismo.

Pruebo a quitarme las gafas de sol durante un instante que se hago cortísimo. Llegamos hasta el Muro, nos advierten contra las minas-manteneros siempre detrás de nosotros y no sobrepaséis la pancarta-, de grapa, saltarinas, de racimo, de metralla... generosamente regadas por la zona, y se despliegan las banderas de la República Árabe Saharaui Democrática.

A lo lejos, tras un muro fortificado se vislumbran las figuras de los soldados marroquíes y los cañones de los antitanques y las ametralladoras pesadas. Manuel, el cámara de TVE, corre por la zona filmando cámara al hombro y Frank Sevilla, el mítico corresponsal de RNE, al que tantas veces hemos oído esbozar una sonrisa por la radio en la peor de las situaciones, planta su micrófono amarillo ante una mujer vestida toda de negro.

Volvemos a subir a los coches mientras el sol castiga casi desde la vertical y continuamos camino hasta Birlehlou. El agua mineral de las botellas dejadas en los coches debe rozar los 40 grados. Más que la de una ducha, recuerdo, y al instante me arrepiento porque también se me ha aparecido como un perverso espejismo la imagen de una cerveza.

Dentro del todo terreno temblamos como azogados agarrados al techo, al asiento, al filo de las ventanillas. Mohamed sigue fumando su puro. Uno de los viajeros anda un poco pálido y una chica se sujeta discretamente el pecho para que no se mueva como una bola de mercurio en la mano de un afiebrado. La imagen de los vehículos avanzando entre las piedras a toda velocidad con las banderas desplegadas es definitivamente hermosa.

Mohamed, el ministro responsable ante la Unión Europea, se vuelve, sonríe, abre las manos mientras encoge los hombros y me echa el humo del puro a la vez que afirma con el optimismo salvaje de este pueblo:
- También escribo poesía. Luego te enseño unos versos.

Los fuertes

Birlehlou era un viejo fuerte de las fuerzas españolas y hoy alberga un cuartel, una escuela y un hospital, todo del EPLS, el ejército saharaui. Entramos en grupos de diez en unas habitaciones frescas, absolutamente vacías y cubiertas de alfombras donde esperaremos a que el sol se apiade de nosotros para continuar viaje.

Nos refrescamos la cara en un lavabito, tomamos té, -dulce, suave y amargo alternativamente- dormitamos, comemos pinchos morunos de carne de camello que nos han hecho junto con unas minúsculas porciones de tortilla de patatas. Un gracioso de detrás de la fila que recoge el rancho pide dos cañas a gritos.

A las seis subimos de nuevo a los Toyota que esperan pastando la arena a 45º y con un tres por ciento de humedad. Casi tres horas después llegamos a Tifarity, cabecera del territorio que los saharauis han recuperado a Marruecos. Allí presentará cartas credenciales el embajador de Sudáfrica, 67 país que reconoce a la RASD, comeremos con el rais, Mohamed Abdelaziz, y asistiremos a la parada militar que conmemora el 32 aniversario de una lucha contra la ocupación ilegal marroquí que anhela que se cumplan las resoluciones de Naciones Unidas y el Tribunal de la Haya.

Al caer la noche los músicos que viajan desde la Península afinan sus instrumentos y montan el equipo de sonido para brindar el concierto prometido, pero el viajero, caballo viejo, se tira sobre las alfombras de la habitación que comparte el con el equipo de TVE del programa Reporteros y se queda instantáneamente dormido.

A la mañana siguiente volvemos a subir a los coches hasta llegar a la explanada donde se va a efectuar la parada militar. El paisaje ha cambiado: hay más rocas y de mayor tamaño y unos tímidos cerros cercan la zona. Corremos hacia una tribuna techada de hierro corrugado frente a la cual en un perfecto cuadrilátero forman soldados pulcramente uniformados, blindados ligeros, antiaéreos sobre vehículos, cañones sin retroceso, ametralladoras pesadas y obuses de diversos calibres.

En el discurso del Presidente Abdelaziz se pide el respeto a la legalidad, al Plan de Paz conocido con el nombre del Comisario de Naciones Unidas James Baker, se hace un llamamiento a que la ONU y su Consejo de Seguridad asuman sus responsabilidades, a que la comunidad internacional haga cumplir los compromisos adoptados y se celebre por fin el referéndum de autodeterminación.

Los soldados siguen en posición de firmes bajo el sol ardiente de las 11 de la mañana. El viajero sube a un niño sobre sus hombros y sale al sol. El niño no deja de hablar en su lengua mientras juega con un muñeco de goma ajeno al hierro y al polvo.

Vuelta a casa

Esta vez el regreso se realiza de tirón hasta los Campamentos. Nueve horas tras la estela del vehículo que nos antecede. Sólo se para una vez para ver el atardecer y hacer un té bajo las acacias enanas.

Nuestra familia de acogida ha preparado cuscús, ensalada, fruta y té para la llegada. Me intento quitar la arena de las pestañas, del bigote, meterme los dedos entre el pelo. Dormimos 30 minutos hasta que nos despiertan nuestros anfitriones avisándonos que los coches están llevando a los visitantes al aeropuerto.

Son las tres de la mañana. La madre, la hija y el primo de nueve años que dormitaban encima de la arena junto a nosotros, nos acompañan hasta el último vehículo que nos espera pacientemente y nos despiden con grandes sonrisas rozando nuestras manos con las suyas teñidas de henna.
Las mujeres se besan.

-Parecen felices –dice uno de nosotros ya dentro del coche.

-Sí -repito- parecen felices. Y nosotros, chaval: mañana cerveza.

Alfonso Ormaetxea.

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