El inquietante patriotismo del embajador Cajal

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Martes, 12 de enero de 2010, a las 15:02:17

Opinión

El inquietante patriotismo del embajador Cajal

Ana Camacho - Arenas Movedizas

Los marroquíes deben de estar que trinan y han pedido a sus peones en España que hagan algo para acabar con el para ellos maldito efecto Haidar, que se movilicen o…No hay otra explicación para que un embajador como Máximo Cajal se pringue de forma tan poco fina y elegante con los más rancio del argumentario de los sultanes alauitas, haciendo suya incluso la artillería con que la diplomacia marroquí hizo pinza con el Reino Unido contra la España de Franco en la cuestión de Gibraltar con la esperanza de que, atornillando por ese lado (menuda obsesión la de la diplomacia franquista con La Roca, decían), el Sáhara, Ceuta, Melilla e, incluso las Canarias caerían como fruta madura en su cesta de la reivindicación de un gran Magreb.

La desesperación se lee entre líneas en las contradicciones que enlaza una invocación de patriotismo (el supuesto interés nacional en tema de seguridad) en boca en un diplomático que ya se hizo famoso hace años al ponerse del lado de los intereses marroquíes en la cuestión de Ceuta y Melilla, defendiendo su supuesta marroquinidad, como si en lugar de embajador de España estuviese al servicio del sultán alauita.

Su falso patriotismo tiene un objetivo, tocar la fibra sensible de los españoles que empiezan a sufrir una indigestión de buen rollito para defender la entrega del Sáhara a Marruecos disfrazando la tergiversación con la razón de estado o, para adecuarnos a su invocación a Maquiavelo, de ese supuesto fin cuyo logro justifica los medios, sean cuales sean. Por eso, además de meter en su coctelera todo el argumentario promarroquí del realismo a lo Van Walsum y de las ONG de prevención de estados fallidos, apunta a una proposición que, como diría el Padrino, ningún español en su sano juicio puede rechazar: la de tener garantizada la seguridad de su casa.

Después del desastre sufrido por el efecto Haidar, lo más aprovechable de lo que ha quedado en pie del argumentario promarroquí es la tesis de que un estado independiente saharaui sería un problema añadido a los muchos que ya tiene España. En este ataque de rabioso patriotismo el secuestro de tres cooperantes españoles en Mauritania por la supuesta sucursal de Al Qaeda en el Magreb se esgrime como ejemplo de lo que se nos vendría encima con un estado saharaui independiente. Es más, dicen, eso sería sólo el principio, lo peor está por venir.

Así que, en nombre de los intereses nacionales, ahora toca convencer a los españoles de que un Gran Marruecos frente a las costas de Canarias va a garantizar nuestra seguridad a pesar de que ya tenemos más que comprobada la insaciable voracidad del expansionismo alauita que, en cuanto consigue uno de sus objetivos (Tarfaya, Ifni o Sáhara, por ejemplo), lo primero que hace es olvidar las promesas que hizo al Gobierno de turno para que España suelte la presa (acuerdos comerciales incluidos) y pedir más. Toca también poner mucho énfasis en que Argelia tontease con el independentismo canario sin aclarar que ello tuvo que ver con una pataleta por la mala pasada que le jugaron los franquistas en 1975, favoreciendo a Marruecos con la entrega del Sáhara, y que quienes de verdad reivindican las Canarias como suyas son los marroquíes. De paso, también se omite que para defender que las islas afortunadas son suyas, el marroquí de a pie tiene muy interiorizado el argumento de la proximidad del archipiélago a sus fronteras (las que todavía no incluyen internacionalmente el Sáhara) y que la marroquinidad del Sáhara acortaría la distancia y fortalecería sus pretensiones.

Toca también decir también que los españoles tenemos que pasar de los problemas fronterizos entre Marruecos y Argelia, mintiendo doblemente porque ello supone convertir la cuestión del Sáhara en un asunto fronterizo y, de paso, ignorar lo demasiado cerca que está España del escenario de un conflicto que, inevitablemente, nos alcanzaría con su onda expansiva.

De acuerdo, rindámonos ante el buen criterio de un diplomático muy de izquierdas y seamos realistas. En el nuevo año que acaba de arrancar no pensemos más que en nuestros exclusivos intereses. Hagamos como que Marruecos y su colaboración son la garantía de nuestra seguridad olvidando que el férreo control de los servicios secretos marroquíes sobre sus ciudadanos (fuera y dentro del país) no nos aseguró la vacuna contra el 11-M; hagamos como que no nos hemos dado cuenta de que la seguridad es una baza adicional a la de la reivindicación de Ceuta, Melilla, las Canarias y las invasión de pateras, con la que los sultanes alauitas nos chantajean en cuanto no nos plegamos a sus exigencias; hagamos como que un conflicto tan cerca de nuestras fronteras no nos afecta o que podemos permitirnos el lujo de que se cierre en falso como si las chapuzas no abriesen las puertas a ese tipo de maniobras con las que los intereses espúreos del coltán, el petróleo y los diamantes lograron arrasar Sierra Leona Liberia, Angola, el Congo o Uganda manipulando los odios religiosos y tribales. ¿Estamos seguros de que estamos hablando de nuestros intereses?

Si estuviésemos hablando de Afganistán o Irak, dirían que no. Cuando se trata de frenar el terrorismo islámico en esas tierras lo primero que hacen es echarle la culpa del éxito de Al Qaeda a la injusticia, la pobreza y la tiranía que sufren las poblaciones. Es cuando toca hablar de cómo garantizar la seguridad en el Magreb, que cambian de chip súbitamente y venden la moto de que un régimen como el marroquí, que usa como método para imponer su autoridad la violación de las mujeres (tanto saharauis como marroquíes), es garantía de estabilidad y freno al terrorismo islámico.

Habría que investigar con los padres y hermanos de las chicas saharauis violadas delante de los suyos para que la vergüenza caiga sobre toda la familia para comprobar que, efectivamente, esta es la receta para cortarle el paso a las tentaciones de desquite que ofrecen a los desesperados los Bin Laden de turno; o a los de Hayat Erguibi, esa muchacha sodomizada por un policía con su porra, una de las pocas que se ha atrevido a revelar su deshonra públicamente; o a los de Zahra Budkur, la joven estudiante marroquí que lleva casi un año pudriéndose en una mazmorra por haber protestado por la mala calidad de la cocina en la universidad y a la que sus carceleros obligaron a permanecer desnuda mientras contemplaban cómo sangraba por su mestruación. Sí, seguro que no hay peligro de que estos padres y hermanos se echen un día al monte porque ya se sabe que los mismos que se baten el cobre contra el avieso racismo occidental para que la mujer inmigrante musulmana proteja su pureza bajo un pañuelo o un burka, están dispuestos a que vejen a sus hijas por el bien de nuestra seguridad.

Aún así, habría que plantearse otra cuestión. ¿Podemos dormir tranquilos con una seguridad gestionada por quienes violan, sodomizan y torturan a jovencitas y adolescentes sin que les tiemble el pulso? Véte a saber qué hay en la cabeza de quienes son capaces de esto y peor con tal de satisfacer a un sultán feudal al que, a su vez, no le importa que se viole, sodmice, torture y asesine a inocentes con tal de quedarse con una tierra que no es suya.

Desde luego nada que convierta en baza segura un concepto de seguridad que pretende culpar a Aminetu Haidar en particular, y a los saharauis en general, de la difícil situación en la que se hallan tres españoles en el Sáhara de Mauritania o Malí. No vaya a ser que en sus brutales y retorcidas mentes estos argumentos conviertan la inseguridad española en el factor con el que contrarrestar el “efecto Haidar” que, como reconoce el embajador Cajal, ha dejado muy tocado al régimen de Rabat.

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