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Cotradicción española sobre el Sahara

Enviado el Martes, 27 de marzo de 2007, a las 20:36:16
Tema: Opinión - Enviado por prada
OpiniónCuando un medio es independiente publica las cosas como son y sus articulistas escriben sin tapujos lo que piensan sin temor a quedarse sin trabajo.
Esto es lo que pasa con El Diari d’Andorra, periódico del Principado vecino que publico el día 19 de marzo el siguiente articulo firmado por Robert Pastor, uno de sus subdirectores.
El presidente del gobierno español, José Luis Rodriguez Zapatero, anunciaba en Rabat que admitia “como documento para el debate” la propuesta del reino de Marruecos de anexion definitiva del Sahara Occidental con un estatus de autonomia diferenciada dentro del país. Dos dias después, el rey Juan Carlos proclamaba en Argel que España “continuará defendiendo” la autodeterminación del pueblo saharaui. Aparente contradicción de un discurso diplomatico al gusto de cada anfitrion.

El Sáhara Occidental fue la última colonia española en el África -si no contamos las plazas de Ceuta y Melilla-, a pesar de la larga tradición africanista del régimen de Franco, que tuvo el apoyo de tropas del Magrib en la guerra del 1936-1939, mantuvo como escolta personal la guardia mora (una definición que hoy suena incorrecta políticamente) y la presencia, queridamente colorista, de dos procuradores de la provincia del Sáhara, con gel·laba y turbante, en las cortes de los tiempos dictatoriales.

En las décadas de los años 50 y 60, el régimen de entonces reconoció sucesivamente la independencia marroquí primero, y de la Guinea Ecuatorial, después. Pero el abandono de la parte occidental del desierto mayor no tuvo lugar hasta 1975, cuando  el régimen político, y el estado físico del dictador, ya se encontraban en plena decadencia.

Entonces se organizó una marcha verde de miles de civiles marroquíes hacia los límites de la colonia mantenida y los efectivos militares españoles se encontraron ante la disyuntiva de rechazar aquella masa con las armas, o dejarla entrar.

Lo explicaba personalmente al periodista uno de los últimos responsables del ejército colonial, el entonces teniente coronel Díaz Arcocha, antes de asumir la máxima responsabilidad sobre la recuperada policía vasca, la Ertzaintza, y antes de que ETA lo matara, con un recuerdo amargo y crítico.

En su opinión, que no dejó de manifestar a los superiores, se debió pactar la independencia con el Frente POLISARIO, sublevado pero claramente autóctono de Rabat, para conservar una relación amistosa con los que ya dominaban el territorio con el apoyo de la mayoría de la población, en lugar de amparar a unos dirigentes locales fieles que ya no representaban a nadie.

Con el Generalísimo casi en momentos de agonía, ministros y altos dirigentes de lo que quedaba de gobierno decidieron el abandono de la colonia, dejando hacer a una marcha que todo el mundo coincidía a considerar inspirada por el joven rey Hassan II, que había sucedido al padre -el suyo y el de la independencia marroquí-, Mohamed V.

Todavía tardaron un año, ya en los inicios de la transición a la democracia, en dar forma los españoles a esta renuncia territorial, en forma de tratado con Marruecos y Mauritania. Tardarían pocos años en llegar las derrotas sucesivas del POLISARIO y de Mauritania, el exilio de sahrauís en el otro lado de la frontera argelina, la construcción del muro de seguridad por parte del Marruecos y, en definitiva, la reducción de la población originária a una situación mantenida hasta hoy, entre campos de refugiados o supervivencia en la zona, cada vez más y más dominada en la práctica por Marruecos, que lo ha ido repoblando con ciudadanos propios, a la vez que ha reprimido sin manías cualquier resistencia o manifestación contraria.

Las Naciones Unidas concluyeron, ya hace más de veinte años, que los sahrauís tenían que decidir su futuro en referéndum. Incluso se fijó una fecha, en 1992, para la consulta. Y se nombró ni más ni menos que el secretario de Estado norteamericano, James Baker para supervisar el proceso. El plazo se agotó hace tres lustros, se han dado prórrogas sucesivas, los sahrauís nunca se han podido autodeterminar y cada vez es más difícil que la decisión de la ONU se lleve a cabo, porque cada vez es más difícil en la práctica.

La población originaria, en gran parte bereber y nómada, no ha sido fácilmente identificable, ni cuantificable. Ni antes, ni ahora, después de tanta arena removida por el viento en las dunas. El censo de las decenas de miles de votantes con derecho a decidir no se ha llegado a concretar nunca. Los que ha ido presentando sucesivamente el Marruecos han sido rechazados por las otras partes y los elaborados por el POLISARIO o por los argelinos, también. Con toda probabilidad, porque ni unos ni otros eran lo bastante aproximados al real.

Cuándo están a punto de cumplirse 32 años de la marcha verde y de la salida española, el conflicto del Sáhara Occidental ya no preocupa mucho la gran mayoría de los estados. Ni siquiera las formaciones políticas de la izquierda española, antes posicionadas en contra de lo que lo que los marroquíes consideran reunificación de su territorio. Casi sólo queda como campo de actuación de organizaciones humanitarias.

Esta segunda realidad se ha podido constatar especialmente después de las declaraciones del presidente Zapatero en Rabat, que parecen el principio del cambio radical de posicionamiento sobre el caso por parte de quien gobierna en la antigua metrópoli. El silencio ha sido clamoroso y generalizado, quizás porque el Estado vecino vive desde hace meses en medio del ruido estridente de la confrontación crispada entre los dos principales partidos.

Las minas de fosfatos, principal riqueza del Sáhara Occidental en otros tiempos, ya no son rentables. Los bancos de pesca de la costa ya los controla de hecho el Marruecos, que ha firmado el acuerdo de explotación en la Unión Europea, que incluye preferentemente España, con quién el actual rey, Mohamed VI, ha recuperado unas relaciones privilegiadas en materias como el combate del terrorismo radical, el control de la inmigración clandestina y las inversiones de empresas españolas en su territorio.

Si en otro tiempo ningún presidente de un gobierno español, y menos socialista, no habría admitido la incorporación del Sáhara Occidental al Marruecos, ni como hipótesis de trabajo, y teniendo en cuenta el conjunto de realidad e intereses, y el soporte a Rabat de los Estados Unidos y de Francia, entre otros, las palabras del rey Juan Carlos en Argel pierden credibilidad y no sólo porque las decisiones políticas las toman los gobiernos y no los monarcas constitucionales, sino por el conjunto de circunstancias y la correlación de fuerzas internacionales que concurren en el caso.

Diari d’Andorra

Original en Catalán, traducción SaharaLibre.es

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