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El sueño se fue al desierto

Enviado el Miércoles, 09 de noviembre de 2011, a las 08:04:02
Tema: Opinión - Enviado por prada
Opinión

Dejé muchos tes pendientes. ¿Cuántas personas me pararon para invitarme a tomarlo en su jaima? A pesar de todos los que compartí, dejé muchos pendientes. Pensaba regresar. Quienes tuvimos la suerte de pasar el tiempo suficiente dentro del campamento Gdeim Izik como para aclimatarnos a su ritmo, no queríamos imaginar el final que tuvo. Aunque lo esperáramos.

Yo me aclimaté a sus desperezares, cuenco en mano con agua apenas para remover cuatro legañas. A sus tórridas mañanas, en las que siempre había historias que recabar en la enfermería, familias que visitar recién llegadas, reuniones que presenciar. Y sobre todo, a sus atardeceres. Cuando caía el sol, se sentía casi como un pueblo. La mayoría, aletargados hasta entonces bajo la sombra de sus jaimas, salía a pasear, a visitar a otra parte de la familia o a interesarse por algún vecino recién llegado. Se contaban las novedades de la ciudad, hablaban con orgullo de lo vacía que ésta se había quedado sin la presencia de todos los acampados.

Según la intensidad del día, del pulso informativo, tenía mayor o menor urgencia en enviar mi crónica. Aunque poco importaban mis prisas. Dependía de los caprichos de la cobertura, la mayoría de las veces, disponible sólo alrededor del palo central de la jaima. Parecía hacer de antena, aunque desconozco si tiene alguna explicación científica, pero ahí descansaban todos los móviles, atados con la ayuda de pañuelos o bolsas de plástico. Y ahí abrazada, atendía la llamada de mis compañeros.

Me acostumbré, incluso, a ponerme la melfa. Sólo querían que el ejército, tan próximo, no reconociera en el primer golpe de vista a los extranjeros. Pero qué buenos momentos les hice pasar -a las mujeres sobre todo- enredada en esas telas. Hasta que aprendí a ponérmela. Aunque siempre faltaba algún retoque, todo hay que decirlo.

Presente durante todo el día, era sobre todo a partir de la puesta del sol cuando la ceremonia del té se repetía una y otra vez. Compartíamos la cena, todos alrededor de un plato, y hasta bien entrada la madrugada, seguíamos el periplo de una jaima a otra. “¿Vuelta, Laura?”, me preguntaba Hassanna. Sí, ¿porqué no? Vamos a ver que se cuece. Algunos estaban jugando a las damas, otros charlando o con la oreja pegada al transistor. Pero siempre, con el pequeño vaso humeante entre las manos.
Con ayuda de la luz del móvil o de alguna linterna, caminábamos por el campamento moviendo la cabeza de arriba a abajo: mirando al suelo, para no tropezarte con las cuerdas, y levantando-al menos en mi caso- la vista cada diez pasos también, para maravillarme del cielo estrellado. A eso no me acostumbré nunca. Y puede que tampoco a la escasez de alimentos, o a las dificultades de no tener baño o agua para lavarnos. Pero la peor de todas, la que escocía en el fondo, era esa felicidad latente. Palpabas una esperanza que no querías imaginar ver rota.

Los saharauis han demostrado una enorme capacidad de resistencia en las últimas décadas. Pero al desierto llegaron bajo la consigna de “estamos hartos”. Ese pequeño mar de jaimas en medio de la nada era el resoplido de alivio que lanzamos cuando, al borde del límite de nuestras fuerzas, nos liberamos de la carga en cuestión. Quizás era un espejismo. Pero durante un mes, no pareció importarles el cada vez mayor asedio del ejército marroquí, que levantó alambradas, muros y asfixiantes controles alrededor de ellos; los coches que más de una vez llegaban al interior con agujeros de bala o apedreados, con ocupantes también amoratados.

La muerte de Elgarhi Nayem, de 14 años, cuanto el vehículo en el que viajaba junto otros seis ocupantes fue ametrallado por el ejército en una persecución quemando rueda a través de la arena del desierto, lo convirtió en mártir y en una razón más para seguir adelante.

Fue justo después de aquello cuando Gdeim Izik saltó a las primeras páginas de los medios de comunicación, sobre todo españoles. Cuando Marruecos intensificó la vigilancia para impedir la entrada de los periodistas que se desplazaron a El Aaiún. Cuando nosotros conseguimos burlar ese control, con el único ánimo de saber qué estaba pasando en ese pedazo de desierto.
Escondida en la parte trasera de un Land Rover, crucé los tres controles y llegué al campamento justo en la hora de la oración. Ese día, frente a una jaima apartada, sobre la que ondeó desde entonces una bandera negra, en señal de luto por Nayem.
Aunque lo que encontré, básicamente, fueron miles de personas sumidas en el entusiasmo de organizar su pequeña “aldea irreductible”, al modo de la que René Goscinny inventó para Asterix y Obelix, donde vivir en libertad, poder hablar de política sin miedo a la represión y pasear sin la sensación de estar siempre perseguido. Aunque aquí no había pócima mágica.

Gdeim Izik nació al abrigo de reivindicaciones exclusivamente sociales, como el derecho a la vivienda o el empleo. Pero de algún modo, denunciaba sin necesidad de recurrir a ninguna consigna prohibida las desigualdades de las que son víctimas una parte de la población, por ser saharauis. Ponía de manifiesto, sin decirlo, que la solución sólo podía ser política.

El comité de negociación, compuesto por nueve personas (la mayoría hoy encarcelados en la prisión de Sale) visitó varias veces la ciudad para reunirse con las autoridades marroquíes; en una ocasión, convocados por el propio ministro del Interior. Después de varios encuentros, los saharauis se negaron a continuar hasta que el ejército no levantara el bloqueo: a la entrada de periodistas, de material para construir aseos, de alimentos o agua en ocasiones.

Y cuando, lejos de hacerlo, el Gobierno anunció la concesión de un terreno para construir una vivienda a quien abandonara la protesta, el comité se afanó en llegar a todos los rincones del campamento, organizar grandes mítines y llamar a la unidad. “La autodeterminación está en el corazón de todos los saharauis”, recuerdo que me dijo uno de ellos; sabían que jugaban sobre un tablero lleno de minas, pero confiaban en conseguir la atención del mundo para entonces sí, abrir esos corazones. Por eso, me explicaron, no importaba si alguien aceptaba la oferta gubernamental, sólo tenía que dejar la jaima plantada. Otros vendrían a ocuparla. Aquello iba para largo. Por eso, el resto de sus integrantes se organizaba para recoger la basura, ayudar a montar las nuevas jaimas, atender turnos de vigilancia e impedir la entrada de cualquier infiltrado, curar a los enfermos -si la cura estaba al alcance de los pocos medicamentos que cabían en una caja de zapatos- o repartir el pan. Por eso, las organizaciones de apoyo a la causa de este pueblo en el exterior empezaron a trabajar en el envío de delegaciones médicas y de todo tipo, noticias que dentro se celebraban con la fe de que estarían allí, según repetían todos, “hasta el final”.

Cuando los saharauis dicen hasta el final, lo único a lo que se refieren es a “la victoria o la muerte”. Todos lo repetían como un mantra. Y parece que de algún modo, el sentir llegó a Rabat, porque después de pronunciar un discurso reivindicando la marroquinidad del Sahara y de algún otro territorio, ya de paso, con ocasión del aniversario de la Marcha Verde, el rey Mohamed VI y su gobierno decidieron poner fin a la farsa y acabar con una protesta que decían respetar, aunque era difícil de creer con todos esos hombres armados alrededor que ¿para qué otra cosa podían estar?.

Ya me lo dijo una mujer: “Cuando nos vamos a dormir, no sabemos si amaneceremos, con tanto soldado ahí fuera”. Y fue precisamente de madrugada, cuando no había ningún periodista ya, aunque sí activistas extranjeros, cuando ese escuadrón inició el desmantelamiento del sueño colectivo. La victoria desde luego no. Y la muerte, aún hoy -y quizás para siempre- es algo que no sabemos cuántos encontraron. Porque aquel 8 de noviembre los saharauis nos hablaron de una huida masiva, de una columna humana de mujeres y niños caminando a través del desierto hacia a la ciudad. De los jóvenes que se quedaron a resistir el ataque. De los violentos enfrentamientos que siguieron los días posteriores en El Aaiún.

Pero Marruecos impuso un férreo veto a la llegada de informantes, y en ese pedazo de tierra donde se levantaron miles de jaimas, ha quedado enterrada para siempre la auténtica verdad de lo ocurrido, junto a nadie sabe cuántos cadáveres. Si los hubo.

También yace ahí la ilusión por la que muchos no queríamos imaginar ese final; porque no hacerlo, era creer en la libertad de los seres humanos para reivindicar pacíficamente sus derechos. Nada más.

Texto publicado en febrero de 2011, en el Anuario de GuinGuinBali

La versión marroquí sobre el desmantelamiento sostiene que se llevó a cabo para proteger a los propios saharauis de la presencia de terroristas en el interior, que habrían tomado el control de la protesta. En los enfrentamientos posteriores, según sus datos, murieron ocho agentes de policía y un saharaui. Éstos, por su parte, denunciaron el ataque indiscriminado al que se sumaron los propios colonos marroquíes, de lo cual hay imágenes capatadas por los activistas que aún permanecieron unos días en El Aaiún, entrando en las casas y llevándose pertenencias ajenas a su antojo. Los saharuis aseguran que además, repartiendo violencia a diestro y siniestro. Impuesto el veto informativo, los gobiernos español y francés, y hasta la propia ONU, declinaron llevar a cabo una denuncia explícita sobre la conducta marroquí, limitándose a lamentar dichos enfrentamientos. Sólo la condena del parlamento europeo fue algo más tajante, exigiendo a Marruecos que permitiera la entrada de periodistas y organizaciones internacionales para aclarar lo sucedido. Para los saharauis, la actitud pasiva de las fuerzas de la MINURSO, que sigue sin tener competencia en materia de derechos humanos y cuyos integrantes escondieron la cabeza durante los días de mayor revuelo, ha terminado por minar su desconfianza en este organismo, y la mayoría lo considera ya un ocupante más. Semanas después, sí llegaron al Sahara Occidental ONGs como Human Rigth Watch, Amnistía Internacional o el Centro Robert F kennedy, y todas confirmaron en sus informes la existencia de graves abusos a los derechos humanos cometidos por las fuerzas marroquíes contra la población civil saharaui durante y después del ataque al campamento.


Fuente: Guin Guin Bali

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