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EL ESPÍRITU PERDIDO

Enviado el Sábado, 16 de mayo de 2009, a las 17:33:33
Tema: Opinión - Enviado por numa
Opinión

Por Haddamin Moulud Said

 

A buena parte de la sociedad saharaui del exilio, le ha tocado vivir y ser el eslabón entre el viejo régimen nómada-tribal y el nuevo sistema político-nacional. Desde un sistema político-social que ha regido nuestra sociedad durante siglos, hemos pasado a uno nuevo, que aún estamos perfilando. Por desgracia, habíamos elegido el momento menos oportuno para efectuar ese tránsito. Es decir, justo en el momento en que dos ejércitos armados hasta los dientes se disponían a eliminarnos, se nos ocurre, además de hacerles frente, modificar por completo nuestro sistema de vida.

No cabe duda de que si ese tránsito se hubiera producido en una situación de paz y estabilidad, los resultados habrían sido bien distintos. Pero a lo inoportuno del momento de nuestra elección, se había unido el doloroso momento en que España había decidido ejecutar su traición. No había alternativa, pues, que recorrer los dos caminos a la par.

Un Valor Supremo de la sociedad saharaui del exilio, valor que nutría la ideología del POLISARIO y era la base de la política en el exilio, era la erradicación del tribalismo. El tránsito desde la condición de miembros de una tribu a la condición de ciudadanos constituye, tal tránsito, el peaje que el POLISARIO tuvo que pagar para crear el Estado saharaui y, lo más importante aún, para dirigir y ser la vanguardia de la sociedad saharaui en el exilio.


El POLISARIO, en efecto, es anterior a la fecha del 12 de octubre, pero no cabe duda que, en ese momento, tuvo que pagar tal peaje para ser el centro rector de la sociedad saharaui. Sólo así se entiende el entusiasmo y el grado de entrega que la sociedad había mostrado ante todas y cada una de sus propuestas.

 

Así, en poquísimos años, el POLISARIO había conseguido borrar el tribalismo en la sociedad saharaui del exilio. Esa aniquilación del tribalismo, unida a los principios de igualdad y justicia social había conseguido forjar sólidamente las bases del Estado saharaui y, por añadidura, había conseguido producir los efectos colaterales deseados: seducir y atraer a la población de los territorios ocupados, e incluso, a las poblaciones del sur de Marruecos.


Sin embargo, los últimos años de la década de los ochenta y los primeros de la de los noventa iban a ser testigos de la erosión de los principios ideológico-políticos del POLISARIO, esos que constituían sus señas de identidad.


La debilidad actual de las estructuras del Estado saharaui y la relajación de los músculos del POLISARIO no son sino los síntomas de los cambios operados en su genoma constitutivo. Sin duda alguna, la pérdida de esos valores y principios le ha restado empaque político al POLISARIO y hoy aparece, ante todo, como un aparato organizativo o una maquinaria política.


Por su parte, los pilares de la religión y la cultura sobre los que se sustenta la sociedad no pudieron soportar los embates de la marea, después de la rotura de los diques ideológico-políticos que los venían salvaguardando.


Hoy en día, todo el acervo religioso que ha regido nuestra sociedad durante siglos, resiste, en penosas condiciones de orfandad política, las embestidas del wahabismo (1). Esta ola constituye una embestida contra otro de los pilares de nuestra cultura: el respeto, casi adoración, de los mayores. A nuestros venerables ancianos se les llega a decir que sus prácticas y hábitos religiosos no son correctos. Es más, se les dice que sus hijos caídos en combate contra Marruecos y Mauritania no son mártires.


Ese acervo religioso incluye una serie de usos, hábitos y prácticas religiosas que se han ido desarrollando durante siglos y, que una vez en el exilio, se han mantenido casi intactas debido a la sombra que les ofrecía la armadura ideológico-política del POLISARIO. Pero al ceder ésta, aquéllos usos, hábitos y prácticas se han visto, literalmente, fagocitados por las corrientes venidas de la lejana Arabia. Imaginar cuánta gente rezaba con los brazos cruzados en el año 1975 o en el año 1985 y cuánta lo hace hoy, refleja de manera magistral el sentido de lo aquí expuesto. Ni qué decir de la aparición, en nuestros Campamentos, de esa prenda femenina, el hijab (2), tan extraña para nuestra cultura. Con su atuendo, las jóvenes que lo llevan, parecen decir, que por llevar esa prenda son mejores musulmanas que sus madres y abuelas. Y con sus negros harapos pretenden mimetizar el colorido paisaje que ofecen las ‘melhfas’ de los Campamentos con el manto negro que se extiende desde Nouackchott hasta Kabul.


Al haber cedido los pilares ideológico-políticos y estando el pilar religioso en un permanente jaque, el estado del otro pilar fundamental, el cultural, es fácilmente imaginable.


La cultura entendida, entre nosotros, como lengua y conjunto de costumbres, tradiciones, valores y modelos de comportamiento, presenta un panorama desolador. Las penas y miserias que sufren los guardianes de la cultura saharaui es un reflejo fiel de la poquísima importancia que el Estado presta a la cultura. Los auténticos guardianes de la cultura no residen en los Campamentos de Refugiados, sino en los territorios liberados. Son ellos, su ganado y su eterno transitar de un lugar a otro, los que mejor atesoran las esencias de la cultura saharaui. Son ellos quienes transmiten, a su descendencia, los conocimientos que durante siglos han ido sedimentando. Son ellos quienes inculcan a sus hijos los nombres y características de la flora, la fauna y el relieve del Sahara Occidental. Pero estos nómadas viven abandonados por el Estado. En cambio, cuando se trata de la galería, un 16 Festival de la Cultura, por ejemplo, no hay reparos en enchufar la manguera del Estado y drenar ingentes recursos económicos y humanos. Ni siquiera un miserable pozo de agua en condiciones se les ha construido a los pobres nómadas que, en los calurosos veranos, asisten a la muerte lenta de sus ganados.


Pero el declive de la cultura ha llegado hasta tal punto que el hasaniya se ha convertido en un idioma en peligro de extinción. La llegada masiva de sucesivas hornadas de jóvenes formados en universidades e institutos de medio mundo, unida a los efectos perniciosos de los canales de TV vía satélite, está barriendo con el pilar fundamental de nuestra cultura: la lengua. En este sentido, la vecindad tendrá, en términos políticos, todas las ventajas que se quiera, pero culturalmente es el enemigo público número uno.


En lo social, los movimientos sísmicos producidos en la base cultural y religiosa de la sociedad han trastocado las pautas de comportamiento social, generando nuevos hábitos hasta ahora desconocidos. De ahí el despunte de delitos y crímenes altamente repugnantes, que hasta ahora la sociedad creía imposibles de ocurrir.


En cuanto al aspecto económico, aquí es donde se manifiesta con mayor virulencia el abandono del Estado de sus funciones vitales: la regulación de los mercados. En los Campamentos, la ausencia del Estado ha permitido el nacimiento de una incipiente y desrregulada economía. Y por desgracia, las desganas del poder para incorporar a los jóvenes con formación académica en materia económica, ha permitido que dicha economía tenga claros tintes de un auténtico capitalismo salvaje.


Pero es que esa huida de cerebros tiene otras sangrantes consecuencias. En la educación, la ausencia de profesores desliza hacia abajo el nivel de formación de nuestros niños; mientras que en la Sanidad, los ciudadanos ni siquiera tienen quien les diagnostique sus enfermedades (En Auserd no queda ni un solo médico, pero en Tinduf se multiplica el número de clínicas privadas).


Ciertamente, en lo que respecta al declive de la educación y la sanidad, la responsabilidad política corresponde, por entero, a la dirigencia ‘polisaria’, pero los jóvenes formados en universidades de medio mundo, no podrán quitarse de encima la responsabilidad moral que recae sobre sus espaldas. Sobra decir, que tal responsabilidad afecta, por igual, a los profesores, los médicos, los ingenieros, los abogados, etc, etc, etc.


Frente a tales circunstancias, las autoridades se muestran incapaces de ofrecer alguna solución que permita, a los saharauis, recuperar el espíritu perdido.

No obstante ello, el momento actual ofrece una oportunidad inigualable para intentar recuperar el espíritu perdido. Hoy más que ayer, la Causa Saharaui goza de buena salud en Nueva York. Y si a ello unimos la idea de la Reconstrucción de los Territorios Liberados, podemos esbozar un panorama que, aprovechando los efectos (desempleo) de la crisis internacional, bien podría permitir recuperar parte del capital humano, Made in Sahara, que ahora trabaja fuera de los Campamentos. Claro está que para ello, habrá que sentar la política de la Función Pública sobre nuevas bases, donde prime la capacidad académica. De lo contrario no nos queda más remedio que seguir aguantando el lamentable desfile de primos y parientes que, después de cada remodelación del gobierno, desfilan detrás de su Ministro-Primo, desde un ministerio a otro.


Haddamin Moulud Said, Valencia (España).
Fuente: ARSO -
opini
ón

 

(1) wahabismo o wahhabismo es una subsecta religiosa fundamentalista musulmana de la corriente mayoritaria del sunnismo, y en especial de la escuela hanbalí. Creada por el reformador religioso Muhammad ibn Abd-al-Wahhab (1703-1792) en el siglo XVIII, su auge se debe a la pronta relación con la dinastía Al-Salud y al apoyo mutuo que se brindaron, es la forma religiosa del Islam que tiene más influencia sobre los musulmanes sunníes en Arabia Saudita, que son la mayoría en dicha nación.

 

(2) El hiyab es un código de vestimenta femenina islámica que establece que debe cubrirse la mayor parte del cuerpo y que en la práctica se manifiesta con distintos tipos de prendas, según zonas y épocas. En sentido restringido, suele usarse para designar una prenda específica moderna, llamada también velo islámico.

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