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CUANDO CERVANTES SE CAYÓ DE SU CAMELLO.

Enviado el Miércoles, 10 de diciembre de 2008, a las 19:39:43
Tema: Opinión - Enviado por prada
Opinión

Después de varios siglos merodeando en la península, Cervantes, salió siguiendo a sus portadores para encontrarse con los descendientes de unos viejos conocidos suyos. En el Sahara Occidental, quiso revivir su convivencia con el árabe, que tanto beneficio le reportó, durante los siglos de esplendor arabomusulman en España. Esta vez, las experiencias vividas al otro lado del atlántico, lo habían hecho más ágil a la hora de poner en práctica su función de vehículo de comunicación entre los hombres.

Siendo joven, dedicó cinco siglos o más para generalizarse en España. Pero ya en el Nuevo Mundo, apenas fueron tres siglos lo que tardó en adaptarse al medio y quedarse para siempre. Por ello, en el Sahara Occidental, venía con prisas.

Con la curiosidad de un bebé, se metía todo en la boca y ponía el oído en todos los sitios. De entrada, su mirada posó sobre el camello y quedó tan enamorado de la belleza y majestuosidad del animal que pronto cambió la montura de su equino para adaptarla al camélido.

Y no sintiéndose identificado con la justificación civilizadora con la que los colonizadores invadían pueblos y territorios, el idioma, intentó abrazar la cultura de su nuevo hogar y empezó su andadura tirado, esta vez, por camellos en lugar de caballos. Pero justo antes de aprender a volar, sucedió lo ignominioso, lo indecible.

Caminando en el desierto, empezó a decir ‘jaima’ en lugar de ‘casa’ para aludir a su lugar familiar de descanso. Pero impresionado por la inmensidad del desierto y el surrealismo de los espejismos, se acordó antes de la cuba que del aljibe, para apagar su sed. Y por ahí, por donde iba, dejaba una cuba, como legando el término para la posteridad.

El muy sabio, consciente de que los paladares jóvenes suelen aceptar, con más facilidad que los de los mayores, los productos exóticos, empezó a repartir, a los niños, manzanas, galletas y chicles. Y al ver que, también, a los mayores les gustaron, entonces, trajo patatas, alubias y garbanzos. Por eso, hoy, sin darnos cuenta seguimos diciendo: ‘mansana’, ‘gallita’, ‘chikli’, ‘batata’, ‘lubia’ y ‘garbansu’. Y mientras estábamos entretenidos con las novedades culinarias, amoldó los nombres de unos objetos que traía guardados en la maleta y nos los dejó prestados para siempre: sabbat (zapato), uatta (auto/coche), manta (manta), sabana (sábana), bico (pico), bala (pala), greifu (grifo), caja (caja), misa (mesa), mariu (armario), etc, etc, etc.

Y luego, cuando adquirió más confianza, vió que los hogareños usaban la piel de un animal, generalmente, oveja o cabra y la trataban y curtían para guardar y fermentar la leche. Entonces, se quiso pasar por un ecologista en acción y recicló un vocablo propio, el odre, para designarlo. En cambio, en el frente de la adaptabilidad, su gran reto, no tuvo más remedio que rendirse al ‘eguindi’ y asumirlo para referirse a las alergias que producían dolores de cabeza. La misma sumisión presentó ante las autoridades políticas, al aceptar de buen grado saludar, con los debidos respetos, a nuestros chiuj (plural de Cheij).

Después, dándoselas de listo, jugando, jugando, nos coló el dominó y sus vocablos: ‘cabicuba’ (Capicúa), ‘amtaucarni’ (Me toca). El juego se hizo tan popular que la palabra capicúa (cuando a mitad de la jugada, el juego se cierra porque aparecen, en ambos extremos, las dos últimas fichas de un determinado número) empezó y sigue designando en la actualidad, a los tontos, a los que no hay manera de hacerles entender las cosas. Así decimos, ‘magful cabicuba’. O sea, cerrado capicúa. Ni qué decir del “Me toca”, tan usado en la vida diaria.

Y, porqué negarlo, Cervantes también, enseñó, dejándonos, hasanizados, todos los términos referentes a la mecánica de los coches y otros muchos tecnicismos.

Pero el idioma español, habiendo cabalgado a su gusto y antojo por todos los rincones del Sahara, cuando estuvo a punto de quitarse el cinturón y sentirse cómodo para empezar a digerir la cultura saharaui y empezar a aprender a volar con alas saharauis, cuando estuvo a punto de comprender e interiorizar la dimensión temporal de aquellas latitudes, o sea nueve años antes de cumplir un siglo, justo en ese mortal momento, se produjo, en forma de traición, un fenómeno político cuyas magnitudes recuerdan las de las glaciaciones que acabaron con los dinosaurios.

La hecatombe** fue tal, que el español casi desapareció y hubo que repoblarlo. En un medio hostil en el que la presión del francés usado por los vecinos era asfixiante, se intentó recuperar el eco de Cervantes, mediante un plan de reforestación que contaba con más voluntad que medios.

Por desgracia, los hechos ocurrieron antes de que podamos uniformizar la traslación, al español, de la nomenclatura saharaui. Incluso los nombres oficiales, cambian según quien los escribe: Miyek/Mijek, Meheriz/Emheiris, Yreifiya/Jreifia, Ydeiriya/Echedería, Enjeila/Enyeila, etc, etc. Todo ello por no aludir a la disparidad de formas con que se escriben, en español, los nombre propios.

Y como quiera que hoy, en día, pocos encarnan mejor aquel noble espíritu de adaptar el idioma de Cervantes a la cultura saharaui, como lo hacen los miembros de la Generación de la Amistad. Y vista su participación en el Festival de la Cultura y las Artes Populares y el reconocimiento oficial que han recibido por parte de las autoridades de la RASD, es de esperar que asuman el reto de intentar uniformizar, en lengua cervantina, el nomenclátor oficial de la Administración local.

**Hecatombe. Curiosamente la RAE, en unas de las acepciones del término dice: “sacrificio solemne en que es grande el número de víctimas”. Y claro, uno no puede sino acordarse de la solemnidad de los Acuerdos del 14-11-1975 en los que se sacrificó, matándolo con Napalm y Fósforo blanco, a todo un pueblo.

Huneifa

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