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Una cicatriz de 1600 kilómetros entre Marruecos y Argelia

Enviado el Domingo, 15 de junio de 2008, a las 07:17:38
Tema: Opinión - Enviado por numa
OpiniónMarruecos y Argelia son dos países vecinos de la cornisa norte de África, la más próspera del empobrecido continente. Ambos son árabes, ambos pertenecen al Magreb y ambos dependieron durante décadas de la misma metrópoli: Francia. Sin embargo, su larga frontera está desde 1994 cerrada por completo al tráfico de personas y mercancías. El cierre tiene como principales perdedores a los residentes de ambos lados, como pudo comprobar un periodista de El País durante el recorrido que realizó por esta herida abierta en medio del desierto.

Argelia: “Es un asunto que debe ser resuelto en el marco de una evolución general de la relación bilateral”

¿Qué se esconde tras unas palabras tan vagas? La lectura de la prensa argelina ayuda a comprenderlo. “No se puede pedir honestamente la reapertura de una frontera cuando justo a su lado se erige un muro de la vergüenza y se colocan campos de minas que separan a las familias saharauis”
En claro, Argelia supedita ahora la apertura a avances en ese conflicto entre marroquíes y saharauis, que dura ya 33 años.
Por Ignacio Cembrero (El País)
A apenas 180 kilómetros de Europa que se jacta de reducir sus fronteras a la mínima expresión empieza la frontera cerrada más larga del mundo. Decenas de miles de familias, separadas a veces tan solo por unos metros, sufren las consecuencias. Incluso entre las dos Coreas, teóricamente en guerra, circulan ahora trenes de mercancías. Solo las líneas que separan a Armenia de Turquía y Azerbaiyán son tan infranqueables como esta del norte de África. De 1,559 kilómetros, separa a dos países —Argelia y Marruecos— que tienen mucho en común, pero que llevan décadas mirándose como enemigos.

Desde que Argelia accedió a la independencia, en 1962, la frontera ha estado más tiempo sellada que abierta, pero el cierre que se decretó hace 14 años es el más largo de la historia. Empezó en agosto de 1994, tras un atentado terrorista contra el hotel Atlas-Asni de Marraquech, en el que murieron dos turistas europeos. Los autores fueron tres jóvenes argelinos afincados en Francia. Driss Basri, el ministro de Interior marroquí de aquella época, reaccionó imponiendo el visado a los argelinos que visitaban el país. Argelia no solo aplicó la reciprocidad, sino que además clausuró la frontera. Hundió así la economía de la región marroquí de Oujda, que visitaban anualmente cerca de 2 millones de argelinos para comprar todo aquello de lo que carecían en su país, aún marcado entonces por las penurias del socialismo.

La herida abierta es especialmente lacerante en lo que respecta a las familias separadas. Como la de Driss Habri, agricultor y alcalde de Aghbal, un pueblo del Marruecos oriental cuya madre, argelina, que vive con él, tiene dos hermanos en Nedroma, a 40 kilómetros de distancia, pero al otro lado de la línea: “Ella tiene en Nedroma a dos hermanos, pero ¿sabe desde cuándo no ha podido ir a visitarlos? Desde hace 14 años, cuando se cerró la frontera”.

“La última vez que vimos a mis tíos fue en Francia —dice Habri—; si uno de ellos falleciese ahora, son ya muy mayores, mi anciana madre tendría que volar de Oujda la capital del oriente de Marruecos a Casablanca, y de ahí a Orán para después recorrer otros 200 kilómetros por carretera hasta Nedroma. Y después de todo ese esfuerzo, físico y económico, es probable que llegase tarde al entierro.”

Habri, un cincuentón de aspecto bonachón, es un compendio de los problemas humanos de la frontera. No solo tiene tíos y primos justo al otro lado, sino que también posee tierras a las que no puede acceder. “Incluso cuando trabajo en mi finca marroquí, colindante con Argelia, aparece de vez en cuando un soldado argelino que me ordena que me largue”, se queja.

Este periódico (El País) pidió permiso en febrero a los dos países para recorrer la atípica frontera, cerrada oficialmente, pero por la que transitan emigrantes clandestinos, contrabandistas o simples lugareños que se arriesgan a atravesarla para visitar a sus familiares. Argelia contestó con el silencio y Marruecos aceptó el envite, tras titubear durante dos meses. Por primera vez autorizaba que se visitara la zona.

El Ministerio del Interior marroquí elaboró un programa que recogía, a grandes rasgos, las peticiones planteadas. Durante cinco días, sus funcionarios se turnaron para acompañar a los periodistas en las ciudades, pueblos y caseríos situados en la línea fronteriza. Su presencia era indispensable porque entrar en algunos de ellos requiere una autorización y el confín está tan mal delimitado que se corre el riesgo de cruzarlo por inadvertencia. El recorrido con los guías se alternó con reuniones con representantes de la sociedad civil.

Con los edificios de algunos hoteles destartalados o reconvertidos en pisos y los cafés cerrados, con las lunas rotas y por cuyas terrazas desiertas deambulan gatos esqueléticos, los suburbios de Oujda o la cercana Ahfir aún conservan las huellas del desastre económico que sufrieron tras el cierre. “Son vestigios del pasado, pero la región ya no vive pendiente de Argelia y está encontrando otros motores para su desarrollo, empezando por el turismo”, asegura satisfecho Mohamed Brahimi, el gobernador de Oujda.

Más desolador aún es el aspecto de Zouj Bghal, a 14 kilómetros de Oujda, el que fue el principal puesto fronterizo entre ambos países, por el que circulaban a diario miles de personas y cientos de camiones. Policías y aduaneros permanecen aún allí —se protegen del sol en el interior de sus desvencijadas oficinas—, y por la calzada, salpicada de barreras y toneles repletos de arena que impiden el paso, solo andan perros vagabundos.

“Pese a todo, no estoy de vacaciones”, recalca Yahya Zerrouki, comisario encargado del fantasmagórico puesto policial. “Siempre hay algo que hacer”, añade. “Por aquí se repatría el ganado que se escapa al país vecino y algún que otro cadáver. Y –deja caer con aire misterioso– hasta hemos sellado el pasaporte de algún personaje autorizado excepcionalmente a cruzar.” Se refiere al acaudalado jeque Zayed de los Emiratos Árabes Unidos, fallecido en 2004, que acostumbraba a cazar en ambos países.

¿Cómo llaman a sus homólogos argelinos cuando tienen algo que comunicarles? “Nos silbamos y nos encontramos en la barrera”, distante unos 30 metros, responde el comisario. El policía argelino que se dirige a grandes zancadas ante nuestros ojos hacia la barrera no silba, sino que vocifera. Exige a gritos que el reportero gráfico deje de fotografiar su garita. “Es mejor que cambie de objetivo”, insisten al unísono policías y aduaneros marroquíes. “No hay que chincharles”, repiten. Cada vez que surgió, a lo largo del recorrido, la oportunidad de fotografiar a uniformados argelinos o a esos mastodontes de concreto blanco que son los puestos de vigilancia del ejército de Argelia, los marroquíes recalcaron que había que “evitar provocar” al vecino.

Ocasiones no faltaron, porque la frontera está salpicada de puestos militares argelinos, muchos de ellos en construcción, separados entre sí por unos tres kilómetros y a los que hay que añadir, de vez en cuando, tiendas de campaña. Los fortines marroquíes son tan numerosos como los de enfrente, pero algo más pequeños, y su color ocre hace que estén mejor integrados en el paisaje. Cuando, más al sur, este se convierte en un pedregal, los acantonamientos son ya menos frecuentes. Es aún más al sur, en el Sahara y en el área de Tinduf, donde marroquíes y argelinos concentran el grueso de sus tropas. Allí, en el desierto, los ejércitos se observan; en el norte se codean y a veces hasta se pisan.

En Angad, a unos 25 kilómetros al norte de Oujda, dos pistas discurren en paralelo durante decenas de kilómetros. La occidental es marroquí, y la oriental, argelina. Las patrullas de ambos ejércitos casi se rozan cuando se cruzan. El sendero marroquí está en mejor estado y los vehículos argelinos cambian a veces, a hurtadillas, de camino durante unos pocos metros para librarse de algunos baches. Otro tanto hacen los todoterrenos marroquíes cuando creen que no son vistos.

Más allá, ambas pistas se funden en una que cruza y divide una aldea de casas apelmazadas y 120 habitantes. Los que quedan a la izquierda viven en Chraga (Marruecos), y los de la derecha, en Dragda (Argelia). “Cuando la patrulla marroquí coincide con la argelina en esa callejuela que sirve de frontera, una tiene que retroceder para dejar pasar a la otra”, comenta un oficial de la Gendarmería marroquí.

La llegada a Chraga de unos extranjeros con cámaras fotográficas moviliza al Ejército argelino. Un todoterreno Toyota, con dos soldados a bordo, baja rápidamente la callejuela compartida y se coloca en posición frente a los forasteros. De sopetón se impone el orden en el caserío y los chavales marroquíes, que hasta entonces jugaban en un prado argelino, se repliegan a su país y se apoyan en una pared. De una cercana tienda de campaña irrumpen tres militares marroquíes que se sitúan frente a los argelinos. Se miran, pero no se dirigen la palabra.

¿Hay incidentes armados con los argelinos? “Con la Gendarmería, nunca”, responde tajante el mismo gendarme marroquí, “son profesionales, como nosotros, otro cantar son los reclutas del Ejército, chavales sin experiencia que aprietan con facilidad el gatillo para matar el tiempo cargándose a un gato o a un perro o para amedrentar a un contrabandista. Y no siempre tienen buena puntería”.

Durante un rato, Chraga la marroquí, o Dragda la argelina, es una aldea dividida, pero en cuanto los uniformados se dan media vuelta, recupera su unidad. “Aquí las familias viven como si no hubiera frontera, hacen vida en común”, asegura el maestro Abderrahman Salhi. El caserío es un remanso de tolerancia a lo largo de una frontera que si se cruza, adrede o por inadvertencia, conlleva una estancia de varias semanas en prisión.

Boujemaa Ouichen es el alcalde de Ich, un precioso pueblo bereber de menos de 300 habitantes incrustado en Argelia. La frontera pasa tan solo a 50 metros al norte, este y sur de la aldea. El primer edil es insaciable contando historias de jóvenes que, buscando trufas, o pastores siguiendo a su rebaño, “han acabado del otro lado”. “Cuando hay tempestad de arena sabemos que se nos pierde algún vecino”, afirma.

¿Qué pasa cuando les capturan los argelinos por cruzarse? “Les detienen, les trasladan a Béchar (una ciudad de 250,000 habitantes en el sureste de Argelia) y, al cabo de un mes o 40 días, se celebra un juicio”, explica Nouredin Boubekri, responsable del Ministerio del Interior para el área del oasis de Figuig. “Se les impone una condena condicional de un mes de cárcel por entrada ilegal que no cumplen porque son expulsados del país”. Los marroquíes siguen la misma pauta cuando detienen a argelinos.

Acordada en 1972 por el rey marroquí Hassan II (1929-1999) y el presidente argelino Houari Boumediane (1932-1978), la frontera entre ambos países está claramente trazada, aunque no señalizada con mojones o pancartas, hasta un centenar de kilómetros al sur de Oujda. Más allá, en los 1,300 kilómetros restantes, la línea divisoria es más aleatoria. “Para colocar jalones de común acuerdo hay que ser dos y no hemos encontrado a un socio dispuesto a hacerlo”, se queja Taieb Fassi-Fihri, ministro marroquí de Asuntos Exteriores.

“Al sur de Oujda, la línea fronteriza es un consenso entre lugareños y militares”, explica un funcionario de Interior. “Se dice que pasa por la cresta de esta colina, por el lecho de ese riachuelo desecado”, añade. “El problema es que los argelinos han movido unilateralmente la frontera”, denuncia Abdelkrim el Horma, que anima una asociación en Ich, “ahora ya no podemos ni peregrinar a nuestro marabú de Sidi Bouazza , porque han decretado que está en su territorio”.

Mohamed Jaafar, el enlace del Ministerio del Interior en la aldea de Zaouia el Hajoui, afirma haber padecido en sus propias carnes esos desplazamientos de frontera. “El pueblo vivía de una mina de sal que explotábamos artesanalmente, pero un buen día los militares argelinos avanzaron y declararon que el yacimiento estaba en un no territorio vedado a ambas partes”, recuerda, “me detuvieron con mi pico en la mina, me tuvieron a pan y agua hasta que me trasladaron a Béchar, donde el juez me absolvió tras pasar 40 días en prisión preventiva”.

Zaouia el Hajoui se ha quedado sin su mina, y Figuig, el oasis más cercano al sur de Europa, “se ha visto privado de 350,000 palmeras, el grueso de su palmeral”, se lamenta Omar Essaadi, presidente de una ONG local. “Eso explica, en parte, que aquí solo vivan ahora 12,500 personas (en la década pasada aún había 17,000) y que los jóvenes hayan emigrado primero a Francia y más recientemente a España –comenta Essaadi–; los que tienen familia del otro lado consiguen que sus parientes se ocupen de sus palmeras, pero otros muchos asisten impotentes a su deterioro.”

Hace ya bastantes años, mucho antes de que se cerrase en 1994, surgieron los primeros tropiezos en la frontera. “Empezaron a mediados de los setenta, coincidiendo con el inicio del conflicto del Sahara occidental”, que España traspasó a Marruecos y Mauritania. “Primero bastaba con un salvoconducto para entrar en Argelia, después exigieron que se cambiase un puñado de francos franceses, y más tarde se impuso el pasaporte”, recapitula Essaadi.

Finalmente se produjo la clausura, y con ella “se dio un impulso a los tráficos ilegales”, asegura Khalid Zerhouali, encargado del control de fronteras en el Ministerio del Interior en Rabat. Su argumento es compartido por el Banco Mundial, que en un informe sobre Marruecos publicado en 2006 afirma: “El cierre no solo reduce al mínimo los lazos comerciales legales, sino que puede contribuir al desarrollo de actividades criminales”.

Lo que más quebraderos de cabeza proporciona a Samir Hormattallah, jefe de la aduana de Oujda, son los carros kamikazes, “vehículos transformados para transportar hasta 1,500 litros de combustible que circulan a tumba abierta por caminos entre ambos países”. El negocio merece la pena porque el galón de gasolina en Argelia, gran productor de hidrocarburos, cuesta $2.67, menos de la mitad que en Marruecos. Del lado argelino, la Gendarmería se incautó en 2007 de 800,000 litros de gasolina destinados al mercado marroquí.

Hormattallah muestra satisfecho al periodista su depósito de vehículos kamikazes interceptados; y Brahimi, el supergobernador, está aún más radiante cuando anuncia lo siguiente: “La presión policial ha acabado con un peligro público, el almacenamiento en garajes o patios de miles de litros de gasolina, auténticas bombas de relojería. Hasta hace poco no había una manzana sin su depósito”.

De lo que está más orgulloso Brahimi es de la caída de la inmigración irregular procedente de Argelia rumbo a Europa. “Ellos, los argelinos, hacen un mayor esfuerzo; nosotros seguimos alertas y el blindaje que proporcionamos a Melilla ha mermado su atracción para los subsaharianos”, comenta. “El resultado es que el flujo se redujo en casi un 70%” con relación a 2005, el año de los intentos masivos de saltar la verja que separa la ciudad colonia española de Marruecos.

El único revés reconocido en la lucha contra el contrabando es el de los psicotrópicos, de los que la aduana marroquí decomisó 94,000 pastillas en 2007, “todo un récord”, se lamenta Khalid Zerhouali. Argelia acaba de denunciar, sin embargo, por boca de su ministro de Interior, Yazid Zerhouni, la aparición de un nuevo y tremendo tráfico transfronterizo: el de órganos de niños.

Zerhouni confirmó, el 15 de enero en el Senado, que la Gendarmería Nacional había detenido a un marroquí integrante de una red compuesta por un argelino y seis subsaharianos, dedicada a secuestrar a niños en el este de Argelia para trasladarlos a Oujda, donde eran vendidos por 45,000 dirhams ($6,400) a una clínica que los asesinaba y les extirpaba sus órganos, para ser exportados a Europa, antes de enterrarlos a escondidas. “Las autoridades argelinas no nos han informado de este asunto y aquí no tenemos el menor elemento que nos permita abrir una investigación”, afirma desconcertado un policía de Oujda.

El cierre de la frontera propicia los tráficos ilícitos, pero sobre todo perjudica a la economía formal. “La única manera de comerciar entre Argelia y Marruecos consiste en pasar a través de un tercer país, sobre todo Francia o España”, reza el informe del Banco Mundial. “El potencial de exportación de Marruecos a su vecino oriental es del orden de $1,000 millones, equivalentes al 2% de su PIB”, pero la clausura hace que, en lugar de ser el tercer socio comercial, Argelia solo ocupe el puesto número 30, al mismo nivel que la lejana Siria.

Mohamed VI, el actual rey de Marruecos, ha hecho gestos apaciguadores. En el verano de 2004 suprimió el visado para los argelinos, y el presidente Abdelaziz Bouteflika les correspondió ocho meses más tarde acabando, a su vez, con ese engorroso trámite para los marroquíes que viajan a Argelia. Pero no satisfizo el anhelo real de reapertura de la frontera.

Rabat no desperdicia una ocasión para solicitarlo, en comunicados o en foros internacionales, a lo que desde Argel se le contesta dando largas. “Esta apertura no se puede efectuar inmediatamente”, respondía el pasado mes de abril Mourad Medelci, jefe de la diplomacia argelina, al llamamiento de su homólogo. Es un asunto que debe ser resuelto “en el marco de una evolución general de la relación bilateral”.

¿Qué se esconde tras unas palabras tan vagas? La lectura de la prensa argelina ayuda a comprenderlo. “No se puede pedir honestamente la reapertura de una frontera cuando justo a su lado se erige un muro de la vergüenza y se colocan campos de minas que separan a las familias saharauis”, sostenía el mes pasado el diario Le Jeune Indépendant al aludir a la muralla construida por el Ejército marroquí en el Sahara occidental, un territorio que ocupan de forma ilegal desde 1975. En claro, Argelia supedita ahora la apertura a avances en ese conflicto entre marroquíes y saharauis, que dura ya 33 años.

Aunque en menor medida que Rabat, Argel también sacaría tajada de la circulación de personas y mercancías, pero su actual bonanza económica gracias a los precios del petróleo –sus reservas de divisas baten récords, más de $110,000 millones– le permite privarse de esos beneficios sin demasiado esfuerzo.

Fuente: LaPrensaGráfica.com

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