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El que no sabe

Contribución de Anonimo el Martes, 26 de junio de 2007, a las 20:49:55


Tema: Opinión - Enviado por Anonimo
Opinión"Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra. " Arzobispo Desmond Tutú.

El pasado 12 de junio se inauguraba en esta isla la Casa África, con la presencia de los Reyes de España y el Presidente de Senegal entre otras autoridades .

Aún está por ver qué utilidad va a tener este edificio y los millones de euros presupuestados, para los africanos que, casi a diario, ponen proa hacia estas tierras, huyendo de tanta guerra, tanta hambruna y tanta desolación como ha sembrado el hombre blanco, desde que puso su bota en ese continente el primer “explorador”.
De momento, los que hemos visitado el recinto, entre las banderas que adornan este establecimiento y que representan a los países africanos reconocidos, echamos de menos la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática. (Mal empezamos, o lo que es lo mismo: ese pueblo, o no es esperado a éste lado del “paraíso” o no existe para todos estos señores que se sonreían y saludaban como si de un “cumple” cualquiera se tratase, entre aplausos del “respetable” y unas banderas republicanas que allí aparecieron aunque no fuesen esperadas por un público que quería ver en carne mortal a este nuevo príncipe de la paz, el mismo que, después de jurar los Principios Fundamentales del Movimiento (hace de esto 30 años) y sin despeinarse, sancionó la Constitución que convertía a España, de una dictadura fascista, en una “democracia”. Así, por primera vez y sin evacuar consultas previas con el Señor del Pardo. Aún se extraña uno de que el mozo en cuestión no salga a hombros por estas tierras y al clamor de: ¡¡TORERO!! ¡¡TORERO!!...porque, lo que es afición y dotes para torear al personal, no le faltan, que ya hace falta tener estómago y falta de memoria histórica. ¡País de estómagos agradecidos! Ayer con el “enano” y hoy con el hijo “bastardo” de aquel.) Pero, siguiendo con lo que hoy me trae aquí...

Unas horas más tarde del “regio” evento, algo menos de un centenar de personas de la izquierda real (no confundir con la real izquierda) nos reuníamos en el Club de Prensa Canaria para tratar de desentrañar qué objetivos prevé acometer el Gobierno de España con esta iniciativa; si servir de punta de lanza de ese neocolonialismo que no cesa, póngasele el nombre que se quiera, para servir de lanzadera a los propósitos de la Cámara de Comercio local y a los intereses de EE.UU.,o si por el contrario estará al servicio de los africanos.

Si algo quedó claro tras el coloquio es que, si África tiene verdaderamente un problema hoy, es la presencia en ese continente del hombre blanco; es la continuada esquilma de sus materias primas por parte de los países desarrollados, es el devastador despliegue de fuerzas de ocupación que tantas vidas se está cobrando y la consiguiente destrucción que lleva aparejada. Cómo el imperialismo y el colonialismo, en sus distintas facetas, ha sofocado los distintos focos de rebelión que en el pasado quisieron organizar ese continente al margen de lo estrictamente planificado por Occidente. Recordemos aquí cómo, cuando Patricio Lumumba se arrimó a la URSS buscando una alternativa socialista para el Congo, éste fue eliminado sin mayores miramientos.

Si alguna diferencia cabe destacar con respecto a aquellos africanos que, encadenados y a punta de látigo, eran trasladados desde las costas del continente negro en el pasado, de los que hoy llegan a nuestras costas, en pateras o en avión, es que estos últimos ya no son esperados por los presuntos negreros, ya no hay sitio para ellos en las cocinas de los restaurantes donde, peruanos, ecuatorianos, argentinos, rumanos, bolivianos y un vasto ejército de excedente humano avanza diariamente, sin descanso, hasta las puertas del “primer mundo”, huyendo tras la debacle de los países del este de Europa, escapando de la inmensa trampa económica en que hemos convertido la pampa de Martín Fierro, las poderosas montañas bajo las cuales dormitan los hijos de Atahualpa y los sufridos y entrañables personajes de las novelas de Manuel Scorza, de Jorge Amado, de Arguedas, de Ciro Alegría; de Mario Benedetti, de Cortazar, de Vallejo y de Guillén, de Carpentier y de García Marquéz, de Gabriela Mistral y de Alfonsina Storni...

Es evidente que en esa Casa África no son esperados los desahuciados por aquellos que, no apareciendo en la foto del día siguiente, ya sobrevuelan como aves de presa su objetivo para engullirlo hasta no dejar de él más que los huesos mondados, como ya hicieron con tanto poblado y tanto paisaje abandonado. Quizás, y a no tardar mucho, aquellas costas de El Aaiún y de la antigua Villa Bens, en Cabo Jubi, donde dormí bajo las estrellas y en cuyas aguas me bañé de joven, estén ya condenadas a convertirse en nuevos Miamis, en nuevas Marbellas, en nuevas costas de lujo donde acudirán ancianos artríticos de Noruega y millonarios alemanes a tostarse bajo el sol africano, y, para mayor escarnio, no será la bandera del Frente POLISARIO la que o­ndee bajo los cielos de esa hermosa región de la tierra, si no la del Reino de Marruecos, las de Agroman, los Santana Cazorla, los Lopesán, Construcciones y Contratas y otros apellidos “ilustres”, que convirtieron nuestras costas en auténticas colmenas a mayor gloria de Banesto, BBVA y otras firmas nacidas para embriagarse con la sangre de cualquiera que se cruce en su camino.

Es más que evidente que en esa casa no son esperados los actuales y forzados residentes en la terrible hamada argelina, so pena que renuncien a su sueño de pueblo libre y soberano y que se integren en el actual Imperio marroquí, quién, con la complicidad y las bendiciones de la Monarquía española, no solo somete al pueblo saharaui, sino que ejerce una férrea dictadura sobre su propio pueblo. Sólo entonces , los actuales hijos del desierto, y ya con un flamante pasaporte marroquí en el bolsillo, podrán soñar con cruzar las puertas del “paraíso” para dormir en los “cálidos lechos” de los centros de acogida de las tan “hospitalarias” como hermosas ciudades europeas, donde conocerán de primera mano el “carácter abierto” de sus gentes, donde recogerán fruta al pie del Camino de Santiago y bucearán en los contenedores de basura, vestirán ropas de cualquier marca conocida, aunque jamás conocerán el nombre del fallecido, viajarán en veloces y magníficos coches que les conducirán a modernas comisarías donde educados y cultos policías les retratarán y les empapelarán, invitándoles amablemente a que regresen a su país una vez conocida la caridad cristiana y la vasta cultura de nuestros pueblos, para difundirla allí donde quiera que vayan. Que vuelvan a ahorrar otra pequeña fortuna en sus países de origen y que regresen para profundizar en el conocimiento del catalán, el eusquera o cualquier otra lengua que les plazca. Que les guardamos el sitio y que dejan un profundo hueco en nuestros corazones…

En esa casa no se repartirá leche y miel a esos jóvenes que, desafiando los fríos y las tenebrosas aguas del Atlántico, a veces con una criatura en las entrañas a punto de nacer, embarcaron un día en una barquilla con rumbo a una tierra desconocida. Muchos quedaron en esas aguas para alimentar a los peces, aquellos mismos peces de brillantes colores que ellos descargaban en los puertos de Mauritania. Quedaron sus cuerpos allí, a la deriva, flotando a escasas millas de esas montañas que se adivinaban ya entre la niebla desde el cayuco , de espaldas a ese cielo azul que no se abrió para ellos, con los ojos definitivamente extraviados en las avísales aguas, buscando tesoros de antiguos galeones que fueron hundidos hace siglos y observados desde la altura por alguna gaviota que sobrevuela las aguas en busca de una pieza más chica. Otros van camino de esa tierra de promisión donde unos, en la puerta de cualquier discoteca, cerrarán el paso a aquellos que pretendan pasar sin corbata; otros, sobre el frío suelo de nuestras duras ciudades, en los laberintos del “metro”, entre huida y huida de los agentes del orden, venderán gafas de sol, CD·s pañuelos y cinturones de CK, copias pirateadas de películas norteamericanas que grises obreros de la construcción, agotados y manchados por la rutina, llegados en plateados aviones desde el altiplano andino donde ayer mismo dialogaban con los cóndores, devorarán delante de un triste plato de frijoles en cualquier pensión antes de caer derrotados por el sueño y el cansancio. O venderán pulidas tallas de maderas africanas, lejos de las aldeas que los vieron nacer, lejos de las montañas de sal que ellos troceaban para trasladarla en lentas caravanas de camellos, en duras travesías a través del tórrido desierto hasta los lejanos mercados, lejos de los cantos tribales con que despedían el día al pie de las hogueras donde se come el cuscús y se saborean los tés de la hospitalidad entre los pueblos, donde ancianos bereberes relatan historias de caza al pie de las humildes jaimas, entre las risas de las hienas que acechan en la penumbra de los cárdenos atardeceres y que hace que los niños se peguen a la piel de las madres como el humo de las hogueras. Algunos, con un poco de suerte, aún serán coronados con un vistoso gorro blanco y prepararán exquisitos platos en lujosos restaurantes, o, disfrazados con lujosas libreas, montarán guardia a la puerta de lujosos hoteles donde se alojan dignatarios, artistas y algún mafioso que otro; o tal vez se les reclame para un casting y “mueran” de cualquier manera en una película de Ken Loach, o acabarán sus días como guardaespaldas de una de esas estrellas de la canción que llevan de aquí para allá sus pesadillas y sus lamentables canciones de éxito, o morirán en un ajuste de cuentas cuando quisieron “independizarse”.

Toda la historia de la humanidad no ha sido si no un gran viaje, una dilatada odisea en la que todos los pueblos nos embarcamos desde el nacimiento como colectivo humano. La diferencia entre unos pueblos y otros es que, en tanto unos alcanzaron el jamón de esa gran cucaña en la que convirtieron la aventura humana, otros se quedaron en el camino, reptando y cayendo uno sobre otro una y otra vez, conformándose con ver el premio desde abajo.

En esta tarde en la que suena la voz de Nacha Guevara en el ordenador, cantando los poemas de Benedetti, de Eluard, de Boris Vián y de Martí, se confunden en el recuerdo las imágenes de las caravanas de miserables arrastrándose sobre la corteza de la tierra, desde la antigüedad hasta nuestros días: los republicanos españoles conducidos como delincuentes a los campos de concentración franceses, cuando aún llamaban a las puertas de Europa las palabras del Presidente Azaña para salvar aquella República de trabajadores de todas clases que se organizaba en régimen de libertad y de justicia. Cómo olvidar aquí sin que me hieran las entrañas las caravanas de prisioneros rusos, alemanes, ingleses, italianos,... provocados por las dos guerras mundiales, en duelo a muerte las potencias industriales más poderosas de la tierra; los niños españoles despidiéndose de sus padres entre sollozos en las lejanas y grises estaciones de la memoria, huyendo de los bombardeos franquistas sobre las ciudades; los innumerables campos de concentración de Datchau, de Barbastro, Castuera, S. Pedro de Cárdena; las infernales jaulas humanas del Pacífico en las que el militarismo japonés condenaba a morir a jóvenes hombres y mujeres llegados desde las costas de Irlanda y de América; los gritos desgarrados de las innumerables mujeres mientras eran violadas por los “moros” del General Franco que venían a liberar a España de los brazos del marxismo, sin olvidar las caravanas de criaturas semidesnudas, los ancianos huyendo despavoridos del NAPALM por las carreteras de Vietnam; las caravanas de población civil que, dejando tras de sí poblados envueltos en llamas y perros sin amo, con apenas un hato de ropa en la cabeza, avanzan en filas interminables por sendas jalonadas por brutales soldados que, junto a sus magníficas armas, exhiben a los fotógrafos la mejor de sus sonrisas. Pacíficos campesinos que hasta ayer cultivaban los campos europeos, conducidos en Cruzadas por los papas y los católicos reyes a morir al pie de los muros de Jerusalén; palestinos sometidos por la sed de tierras de los que ayer abandonaban los guetos de Varsovia hacinados en trenes de ganado, dejando tras de sí las ciudades de las grandes pinacotecas y las viejas sinagogas, avanzando entre el humo de piras de libros ardiendo hasta perderse entre la niebla de los bosques que se los tragaría en el anonimato; indios norteamericanos exterminados en las vastas llanuras donde convivían con el búfalo, la serpiente y el águila, protegidos por los dioses que velaban por aquellas montañas y aquellos ríos; las grandes migraciones cuando los dueños de las tierras arrojaron a los granjeros estadounidenses al infierno de las carreteras en los años treinta; jóvenes y rubicundos norteamericanos del Sur muriendo ensartados por las bayonetas de pelirrojos soldados llegados desde el Norte; curdos, indios seguidores de Mahatma Gandhi cuya sangre enjugó la tierra; monjes tibetanos pereciendo al pie de los monasterios incendiados por los soldados llegados desde lejos; rusos deportados al infierno de Siberia por disentir de las doctrinas de Moscú...

Y todo, cuando los estadios de fútbol hierven de fervor tras penetrar una pelota en la escuadra del contrario una tarde de domingo cualquiera, mientras las blancas manos de Europa siguen los compases de la Marcha Radesky el día de año nuevo, mientras el dictador era introducido bajo palio en la basílica por la autoridad eclesiástica, mientras el Papa desayuna en Castelgandolfo.

Pero, para que tanto crimen no quede sin castigo, el infierno que desatamos desde que en hoyamos aquellas tierras y las del vecino continente africano, donde enviamos a venerables misioneros para evangelizar y de paso pacificar a los “salvajes”, preparándolos para que recibieran con los brazos abiertos la coca cola, los blue jeans, el sida y otros “avances tecnológicos”, ahora el infierno viene de retorno y, junto con todos esos pacíficos ciudadanos ecuatorianos que juegan alegres en el Retiro con sus hijos en las tardes de estío, junto a esos jóvenes latinos que se besan desinhibidamente en la calle, junto a tanto argentino que nos trajo su buen hacer en el cine y en el teatro, en la madera y en las “artes blancas”, (que se decía antes de los que trabajaban la harina) llegan también auténticos criminales, que no dudan en extorsionar, secuestrar a inocentes criaturas o robar los ahorros a desvalidas ancianas. Gentes desaprensivas que no dudan en recurrir al asesinato para alcanzar sus fines. Gentes que hacen correr entre nuestra juventud la maldición de la droga, las mismas maldiciones que nosotros llevamos allí donde llevamos la “Civilización y el Progreso”.

La “gente de bien” recuerda con nostalgia otros tiempos en los que un simple guardia civil podía matar a palos a un gitano por robar un ave de corral, antes de que llegase tanto negrazo y tanto sudaca , pero no quiere recordar cuando éramos nosotros los que descendíamos de las malolientes bodegas de los barcos, en puertos donde tantos hicieron fortuna, y tantas veces a costa del sudor de pacificados cimarrones que trabajaban la zafra de sol a sol, para que algunos pudieran regresar a la tierra un día y mandar construir un hermoso pazo con pastos, y criados que un día al año, por el cumpleaños del indiano, acudían a besar la mano que deslizaba unas monedas en las encallecidas manos campesinas.

Desgraciadamente, en esta historia nos toca el papel de malos. Aquí nadie puede decir que es inocente. Nacimos en esta parte del planeta que se convierte diariamente en receptora de todo ese ingente avance de seres miserables desposeídos de los más elementales medios de subsistencia en sus tierras, que tantos de ellos se ven en la degradante necesidad de vender lo único que trajeron de allá: su cuerpo.

Para que sigan funcionando los automóviles que nos desplazan a nuestros respectivos trabajos y al lugar de vacaciones, demandamos cada vez más combustible que, paradójicamente, lleva a los centuriones del sistema al que servimos y bajo el cual vivimos hasta las puertas de ciudades que, a su paso, quedan arrasadas y muertas, como aquellas ciudades bíblicas de que nos hablaban en la escuela en nuestra infancia. Los pescadores canarios han recibido alborozados hace muy poquito tiempo la noticia de que, ese sátrapa que gobierna Marruecos con las complacencias del mundo, les ha autorizado faenar ¡¡en los caladeros del Sahara!! (las provincias del sur, que dice él) Consumimos papel procedente de viejos bosques que ven morir rápidamente el hábitat de colonias de especies animales, algunas de ellas desconocidas hasta ahora por el hombre y poniendo en riesgo el equilibrio de la naturaleza y nuestra propia subsistencia.
 
Lo más triste de esta historia quizás sea que todo esto está ocurriendo en nuestras narices y sin que hagamos grandes gestos para detener el proceso.

Si hay en todo esto algo más duro que los hechos en sí mismos es que, la clase trabajadora del mundo no esta dando la respuesta que tal situación merece. Por así decirlo: aquí y allá surgen conatos de rebeldía, pero nada que prenda y que obligue, por ejemplo, a los sindicatos, a dar una respuesta de clase.

Se repiten los días como en una rueda interminable y los viejos problemas del pasado serán los que, aumentados por la creciente desconcintización, heredarán nuestros hijos y nuestros nietos si no tenemos agallas suficientes para pararnos en mitad de la calle y decir: de aquí no pasamos. Porque, si algo es cierto, es que ellos llegarán hasta allí mismo donde nosotros se lo permitamos.

Ojalá no tengamos que avergonzarnos un día cuando se nos pregunte: y tú, ¿qué hiciste en aquel momento? Al menos, que no puedan tacharnos de cómplices de este despreciable sistema.
¡¡VIVA LA REPÚBLICA!!

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Junio de 2007
Islas Canarias

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