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Zapatero, a la caza de una foto con el Polisario

Enviado el Jueves, 24 de mayo de 2007, a las 17:06:32
Tema: Opinión - Enviado por webmaster10
OpiniónGEES
Por Ana CamachoColaboraciones nº 1712   |  23 de Mayo de 2007
El Gobierno de Zapatero busca fotos, donde sea, que retraten la buena sintonía del PSOE con el Polisario. Busca el poder de esa imagen que vale más que mil palabras con la mira puesta tanto en el frente interno como en el exterior. Necesita exhibir su papel de interlocutor privilegiado con ese movimiento que, por mucho que se haya esforzado por devaluar, acaba de ser señalado por EEUU como la única parte autorizada para hablar en nombre del pueblo saharaui en las negociaciones con Marruecos que la ONU intenta alentar para poner fin al conflicto del Sáhara Occidental. En plena recta electoral, necesita también frenar el contagio de la indignación de esos potenciales votantes que, a través de su política con el Magreb, están percibiendo un inquietante y abismal engaño en quienes les piden el voto en nombre de la Verdad.
Los hombres del presidente hacen todo lo posible por cumplir con la misión. Pero la desaforada ansia de Zapatero por hacer gestos de agrado al rey Mohamed de Marruecos han acabado por hacer mella hasta en la infinita paciencia con la que el Frente Polisario ha ido encajando las puñaladas con las que el Gobierno socialista se ha ido asegurando esa amistad con la monarquía feudal alauita a la que hay que alimentar con algo más que recíproco respeto y solidaridad. Así que muchos de los dirigentes saharauis optan ahora por desaparecer discretamente de los escenarios donde los cazadores de fotos  están al acecho, a la espera del menor descuido para colocarse a su lado y atraparlos en un abrazo emotivo que llame la atención de los responsables materiales del disparo. A los polisarios no les interesan las fotos ni los encuentros que sólo tienen rentabilidad para los dirigentes españoles que simulan así ante su electorado un interés por la causa saharaui, sin hacer realmente nada o, lo que es peor, haciendo lo contrario de lo que dicen y deberían hacer en relación a su drama. Por eso, no está entre las prioridades de la diplomacia saharaui ese encuentro en Exteriores que el ministro Moratinos ahora tiene prisas por consumar ante luz y taquígrafos con alguno de sus líderes.

Los polisarios desconfían de la mala interpretación de esa posible fotografía ante sus simpatizantes españoles, que tradicionalmente son votantes de izquierdas y que no saben si quedarse con sus denuncias de traición que tanto les duelen o salvar esa fe por el partido, que ya quisieran para sí los altares, atendiendo a los esfuerzos del PSOE por negar la evidencia. Lo más grave es que ahora el Polisario también desconfía de ese súbito interés de la diplomacia española por hacerse un hueco en esa nueva fase de negociaciones en las que Marruecos se propone imponer una solución que pasa por la organización de un simulacro de referéndum que no contenga la opción de la independencia.

En Exteriores de Madrid tienen así una nueva oportunidad de analizar estos gestos esquivos en clave de ese maximalismo que, en su opinión, el pueblo saharaui debería abandonar, renunciando al derecho inalienable a la autodeterminación que la ONU le reconoce. La flexibilidad, según las tesis de Moratinos y Zapatero, consiste en que el Polisario acate una solución creativa, acorde con las pretensiones imperiales con las que el rey Mohamed intenta ampliar las fronteras de su estado y no sólo a costa del pueblo saharaui. Desde su perspectiva, lo más socorrido es explicar el desencuentro como un desplante fruto de la tozudez o, en el más benévolo de los casos, de un ataque de esa dignidad que tradicionalmente ha sido seña de identidad de la cultura beduina.  La pataleta irracional les viene como anillo al dedo para justificar la resistencia que incluso los representantes de un pueblo tan necesitado del apoyo de España oponen para posar con ellos: alude a un fenómeno que los españoles comprenden bien y, además, tiene la ventaja de ir a juego con esas tesis marroquíes que, desde hace años, repiten por lo bajinis los diplomáticos de Santa Cruz cuando señalan al  Polisario como un mero subproducto de Argelia, sin voz propia. Y es que, en este caso, el maximalismo lleva implícito que los dirigentes saharauis no tienen que responder, ni tienen estructuras de participación ciudadana que les obliguen a rendir cuentas ante una opinión pública que, sin embargo, vive colgada de los informativos, vengan de donde vengan, gracias a las parabólicas que las familias españolas que acogen a sus niños durante el verano, les regalan para combatir el aburrimiento existencial que preside la rutina cotidiana del refugiado.

La realidad es muy diferente a cómo la ven, con cierto fondo despectivo y racista, los diplomáticos de Moratinos. Se impone incluso a muchos kilómetros de distancia del desierto, en los actos celebrados recientemente en Madrid a favor del referéndum que la ONU, desde 1975, sigue sin poder organizar en el Sáhara para resolver el conflicto de acuerdo a sus resoluciones, por la obstrucción de Marruecos. Por ejemplo, las manifestaciones que el pasado abril se celebraron en Madrid pusieron en evidencia que así como Zapatero tiene graves problemas para tranquilizar a una importante bolsa de votantes indignados por su traición, su política promarroquí plantea dilemas a los dirigentes saharauis por partida doble: en su caso deben responder tanto a la opinión pública saharaui como a esos miles de  españoles del PSOE e IU que tanto oxígeno dan, económico, político y, sobre todo, moral, a su población en los campos de Tinduf.

Algunos todavía siguen queriendo no ver que Zapatero está moviendo todos los hilos a su disposición para consumar la entrega definitiva del Sáhara a Mohamed VI. Pero, desde que el Gobierno socialista dio en marzo, abiertamente, su apoyo al plan de autonomía propuesto por Marruecos, cada vez son más los que se alinean en el pelotón de los desafectos enojados.

Por primera vez, el 21 de abril hubo que hablar de dos manifestaciones procedentes de la izquierda, en contra de la política de Zapatero en el Sáhara. Se trata de un hecho inédito al que el escaso poder de convocatoria en el que cayeron este tipo de actos en los ochenta y noventa, tras el primer triunfo en 1982 del PSOE, no se hubiese arriesgado. En una, convocada por las asociaciones de ayuda al pueblo saharaui y con un recorrido que recalaba ante el Ministerio de Exteriores, la afluencia fue todo un éxito, con miles de manifestantes. En la segunda, convocada por la comunidad saharaui en España (la de los trabajadores inmigrantes), ante la sede del PSOE en la calle Ferraz, a pesar de la división, se reunieron unas 200 personas, una cifra muy exigua frente a su competidora, aunque muy superior a la de cualquier récord de los actos de los tiempos del olvido. Lo interesante de esta bicefalia es que las dos protestas no estaban enfrentadas sino, simplemente, superpuestas. Y mientras la de los inmigrantes saharauis  exhibía pancartas que llamaban abiertamente traidor a Zapatero, la segunda, aunque también se pronunciaba en contra del apoyo socialista a la opción autonomista, lo hacía en términos más moderados, más políticamente correctos y en un escenario menos comprometido para el buen nombre del partido socialista.

De no haberse convocado la manifestación de las asociaciones, cuyo llamamiento fue cronológicamente fue posterior a la de Ferraz, esos miles de manifestantes se hubiesen agolpado ante la sede del PSOE donde la actitud nerviosa de las fuerzas de seguridad dejó muy claro que los dirigentes socialistas querían evitar a toda costa la foto de los manifestantes y sus pancartas ante su portal (los retuvieron en una esquina menos fotogénica). Los dirigentes del Polisario optaron por no hacer un feo  (imperdonable según las leyes de la hospitalidad y agradecimiento saharaui) a las asociaciones que, con tanto esfuerzo les apoyan. Saben que la adicción a la visión del mundo en clave partidista en España es muy fuerte y temen que, en lugar de pedir cuentas a su partido, los socialistas prosaharauis que todavía no han abierto los ojos opten por evitar el abismo al que conduce cierto tipo de desengaños, abandonando su causa, mirando hacia otro lado, como hicieron en 1975 los simpatizantes de la derecha avergonzados por el escándalo de los Acuerdos de Madrid. De hecho, por el bien de la causa, incluso muchos de los manifestantes de Ferraz, entre los que había también muchos españoles, se trasladaron luego a la etapa final de la otra manifestación.

La buena voluntad, sin embargo, no evitó que la polémica estuviese servida. De puertas adentro, la inoportuna coincidencia ha reforzado la sospecha por la que saharauis y españoles, murmuran que la ausencia del pásalo, que tan de moda estuvo en la marchas contra la guerra de Irak, está directamente relacionada con la tendencia a los golpes de estado que, en los últimos dos años, se han cebado con la dirección de este tipo de ONG.  Muchos no ven ya con buenos ojos la excesiva lealtad de los que presiden estas asociaciones, especialmente de los que se auparon con los recientes derrocamientos, hacia partidos y sindicatos donde el interés que prima ahora es respaldar la buena imagen de Zapatero y controlar a los críticos para que no contaminen con sus dudas al resto de sus feligreses. Una lealtad y unos objetivos que ahora van en contra de la eficacia de su batalla solidaria.

La estrategia no es nueva. Ya en los años ochenta hubo bajas entre los activistas de las asociaciones de amigos del Sáhara que no querían asimilar que Felipe González, tras su llegada al poder, había sufrido una amnesia total e irrecuperable con los compromisos contraídos con el pueblo saharaui mientras se hallaba en la oposición. Por obra de una depuración silenciosa fueron apagándose las voces que seguían batallando para declarar nulos los acuerdos de Madrid que el propio Felipe González había declarado ilegales. Sus propuestas para lograr este objetivo por la vía de las acciones judiciales fueron sustituidas por acciones humanitarias dignas de admiración pero menos perjudiciales para los intereses marroquíes y la buena marcha de la incipiente amistad del poder político con el rey Hassán II.

La vuelta a la oposición del PSOE, tras la victoria electoral del PP, favoreció la actividad de estas asociaciones donde, a partir de 1996, florecieron los programas de acogida de niños. El actual secretario de Estado para Exteriores, Bernardino León, recientemente ha presumido de su personal aportación, desde el puesto que desempeñó en la embajada de Argel, al éxito de Vacaciones en paz que ya ha superado la barrera de las 35.000 familias españolas que, cada verano, conviven en España con al menos un niño saharaui. Lo que no podía imaginar entonces es que esta peculiar forma de solidaridad fuese a convertirse en una pesada cruz para su amigo y superior inmediato, Miguel Ángel Moratinos, al convertirse en ministro del Gobierno Zapatero.
El amor por un niño es de los pocos sentimientos con poder para anteponerse a cualquier otra pasión cegadora, incluida la de la militancia política y tiene el inconveniente de entrañar un terrible efecto multiplicador en el entorno que los acoge. Sin contar con que las familias de acogida han acabado considerando como suya a la familia biológica de sus niños saharauis a los que incluso visitan durante el invierno en sus jaimas de Tinduf. Los riesgos que estos vínculos producen en la fe de los más aguerridos votantes del PSOE se hicieron patentes cuando, hace dos años, en vísperas del treinta cumpleaños de la infame entrega del Sáhara a Marruecos perpetrada por el último gobierno de Franco, se celebró en Madrid  una conferencia internacional sobre el conflicto saharaui.

Por primera vez, Jorge Moragas un representante del PP estuvo en un acto de este tipo y no sólo de pasada. La audiencia era un fiel reflejo del tradicional monopolio que la izquierda ha tenido, no por voluntad acaparadora sino por la penosa autoexclusión de los militantes del centro-derecha, de la causa de la solidaridad saharaui. Allí estaban reunidos los representantes de esas redes de apoyo cívico que, a lo largo de treinta años, han luchado contra viento y marea, incluida la sembrada por la dirección socialista, para que los sucesivos y concienzudos cerrojazos informativos borrasen de la memoria esta asignatura pendiente de la transición. Pero también sobrevolaba en el ambiente ese espíritu de comunión de los que viven este tipo de evento como una confirmación de la certeza de que están del lado bueno, el de la superioridad moral que dan las causas justas despreciadas por la obsesión belicista del PP.

En un ambiente claramente hostil, el secretario Ejecutivo de Relaciones Internacionales del PP subió al escenario para convertirse en el primer representante de la derecha en admitir que los acuerdos tripartitos de 1975 no pasaron de ser una declaración de principios y, por lo tanto, no fueron más que papel mojado. Lo importante es que sus críticas al giro promarroquí de Zapatero culminaron con una propuesta a favor de la formación de un frente común, de todas las fuerzas políticas, en apoyo del referéndum de la ONU.

Los políticos tienen una tendencia natural al oportunismo pero mentir siempre tiene un coste y, por ello, lograr que se comprometan con un tema, a ser posible con cientos de testigos como los que había allí reunidos, siempre es un triunfo para el bien de toda causa. La declaración de Moragas suponía un giro histórico para lo que había sido tradicionalmente la postura de los partidos de la derecha española que siempre defendieron la legalidad de los acuerdos de Madrid. Así lo interpretaron incluso varios de los europarlamentarios, embajadores y representantes de Gobiernos extranjeros que asistieron al acto. Debieron de quedarse atónitos cuando, desde las gradas donde se sentaba el público, se levantaron voces de protesta y abucheos contra el responsable de esa sorprendente intervención.

En lugar de alegrarse por haber logrado que la única pieza que les faltaba del abanico político español reforzase sus filas, parecía que los alborotadores lo que querían era abortar ese giro y expulsar al diputado del PP. Paradojas de la política española,  estaban haciendo las delicias de los muchos que en el PP no aprobaron el giro prosaharaui de José María Aznar y que, seguramente, se alegraron por el intento de humillar a ese portavoz de la tesis contraria.

Era evidente que los responsables de la algarabía intentaban conectar con esos resortes que, automáticamente, convierten en facha a quien no comulgue enteramente con la ortodoxia. Sus gritos, recordando el alineamiento pro Bush de Aznar y la vergüenza de la guerra de Irak, iban dirigidos a esas bases que siempre consideraron que la cuestión del Sáhara constituía una de las señas de identidad de la superioridad moral de la izquierda frente a la derecha y que, en épocas en las que la duda amenaza de expulsarlos de su paraíso, prefieren que esa causa siga siendo exclusivamente suya, aun a costa de perder eficacia. Es lo que un veterano prosaharaui denomina el síndrome del río Kwai, es decir, esa determinación obstinada en mantener unos objetivos en función de un sentido del honor que se antepone a la lógica necesaria para ganar la guerra.

Los líderes de la izquierda hacen lo posible por alimentar ese espíritu. Unos porque, inconscientemente, también necesitan mantener la felicidad del alma que les proporciona poseer esa causa que les da un toque de distinción exclusivo, y otros, para asegurarse el control de un movimiento social muy aguerrido. Así por ejemplo, en esa misma reunión, Inés Sabanés, contribuyó a enardecer esa desesperada necesidad identitaria al advertir a los invitados internacionales: "Bienvenidos a Madrid una ciudad fantástica a pesar de su Gobierno, no se crean que todos los madrileños son como ellos". Y, al día siguiente, en una manifestación ante el Ministerio de Exteriores, Rosa Regás, directora de la Biblioteca Nacional, hizo lo propio ante miles de manifestantes: "Estamos aquí para luchar contra la reacción", dijo, en una clara alusión no a la reacción absolutista del rey Mohamed, sino de esa España que, a pesar del 11-M, votó al PP.

En este entorno, era lógico que la pitada para expulsar a Moragas del escenario de la conferencia internacional, arrastrase al resto del público. Sin embargo, contra toda expectativa, tras un inicial titubeo, se levantaron voces que pedían silencio y respeto al orador. Al principio fue un movimiento marcado por la timidez de los que hubiesen apreciado que Moragas, además de meterles el dedo en la llaga recordándoles que hay "verdades que duelen" (el cambio de voto de Zapatero ante la ONU, su causa común con el interés francés en la marroquinización del Sáhara, etc.), hubiese hecho un examen de conciencia también sobre los amores promarroquíes tradicionales en la derecha hasta el segundo mandato de Aznar. Además, también vibraba en el aire ese temor de los que ya han perdido la fe, al menos en el PSOE actual, pero todavía temen que la lógica de la ortodoxia ideológica los encasille con la vergonzosa etiqueta del facha, simplemente por no haber renunciado a esa crítica que debería ser consustancial con la superioridad dialéctica de la izquierda. Pero, en cuanto los primeros se atrevieron, otros siguieren hasta lograr restablecer el silencio en nombre del respeto a la diversidad de opiniones y, sobre todo, del bien de la causa.

 Las alarmas debieron de saltar de nuevo en Ferraz cuando, en la manifestación del día siguiente, inasequible al desaliento, Moragas volvió a aparecer para unirse a la pancarta de apertura de la marcha con el resto de representantes de fuerzas políticas y sindicales. "¿Qué pinta ese ahí?", tronaron las mismas voces que habían desencadenado la algarada en la conferencia, incitando a la protesta contra esa intrusión del PP. De nuevo, se resistían a que el PP consumase un arrepentimiento que lo hiciese menos belicista y, para colmo, en su propio terreno. Lo terrible para ellos es que, de los propios manifestantes, surgieron  brazos y codos para asegurar la permanencia del diputado en la cabecera. Fue demasiado, evidentemente.

A partir de entonces, los golpes de estado en las asociaciones de amistad con el Sáhara han afectado a todos aquellos responsables que se han significado como contaminados por las simpatías peperas que brotaron entre estos activistas tras el conflicto de la isla de Perejil y el anuncio de Aznar de visitar los campamentos saharauis. También han sido víctimas de estas depuraciones los que, aún estando por encima de toda sospecha facha, se han atrevido a producir pegatinas llamando abiertamente traidor a Zapatero.

El resultado de la limpieza ideológica ha sido contraproducente. No es lo mismo recurrir a la táctica de la marginación antes que después de la era de Internet y los disidentes ahora, en lugar de evaporarse en el olvido, se reúnen en habitaciones civernáuticas, crean blogs y webs con esas pegatinas anti Zapatero que provocan pavor en Ferraz, intercambian sus dudas y se organizan para aparecer en los mítines de Zapatero o Felipe González, en Canarias, Santander o Mallorca para recordarles que el "El Sáhara no se vende", y menos con su voto.

Hasta la visita de Zapatero a Rabat, el Frente Polisario había tenido que vérselas principalmente con las críticas de los suyos, especialmente de los jóvenes, a los que les cuesta comprender que la ideologización de los simpatizantes españoles de la causa saharaui les impida reconocer que el apoyo a Zapatero equivalga a hacer causa común con su enemigo, el rey Mohamed. Pero las fotos en la prensa del secretario del PSOE de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG, Pedro Zerolo, en la manifestación masiva de abril, fundido en un abrazo con un representante saharaui o aferrándose desesperadamente a la pancarta de apertura de la marcha, ha causado un hondo disgusto también entre aquella parte de las bases españolas del movimiento solidario que, gracias al Sáhara, se van librando de su burka ideológico. Ellos tampoco comprenden esas contemplaciones que, en nombre de la buena educación, convierten a los dirigentes saharauis en cómplices de ese juego del equívoco con el que el PSOE intenta que otros simpatizantes españoles completen la traumática terapia que impone su traición al pueblo saharaui.

En plena campaña electoral, Zapatero está evidentemente preocupado por la capacidad desmovilizadora de estos desafectos. Quizás la bolsa electoral de los votantes saharauis no sea determinante de cara al resultado electoral. Pero todo apunta a que en Ferraz no  pueden permitirse el lujo de despreciar ningún sector de potenciales electores. Además, la causa saharaui da a sus simpatizantes unos conocimientos en política internacional demasiado peligrosos. El propio profesor y experto en el mundo árabe, Bernabé López García, no considerado precisamente como un simpatizante del Polisario, señaló en un artículo publicado en El País la sorprendente contradicción entre el éxito del gran movimiento pacifista español que desencadenó la intervención de EEUU en Irak y el aplastante apoyo que, según las encuestas, recibió José María Aznar por su contundente reacción ante la ocupación marroquí de la isla de Perejil. Puede que la culpa de esa "incongruencia" no se deba tanto a una mala jugada de esa "caricatura" del patriotismo que, según López García, acecha en el subconsciente colectivo español con relación al moro, sino al conocimiento que la injusticia padecida por el pueblo saharaui ha dado a los españoles sobre la crónica tendencia de la monarquía alauita a imponer sus intereses saltándose las normas elementales y recurriendo al chantaje y la extorsión.

Son nociones que no conviene que se extiendan entre las bases del PSOE. Con ellas se quiebran muchas verdades de Zapatero. Por ello, el secretario de Estado de Exteriores, Bernardino León, en su intervención en las Jornadas de las universidades madrileñas sobre el Sáhara del pasado 10 de mayo, echó mano de toda su capacidad de persuasión para convencer a los críticos prosaharauis que abundaban en la sala de que el PSOE sigue comprometido con la legalidad internacional también en esta cuestión.

El triunfo electoral del PSOE depende en buena medida de que no se vuelvan a quedar en casa, el día de las elecciones, esos simpatizantes que, durante años, quedaron neutralizados por los escándalos de la corrupción y los gales, a los que sólo logró sacar de la apatía el trauma del 11-M y el visceral antiamericanismo que los españoles padecen desde el 98. Así que León hizo todo lo posible para reforzar su fe advirtiéndoles que lo del apoyo de Zapatero a Marruecos no es más que una nueva mentira del PP, el fruto de la mala interpretación de sus palabras por parte de cierta prensa que no sabe leer como se debe los comunicados de Moncloa, una maniobra más del oportunismo electoral que lleva al PP a aprovechar el mínimo resquicio para animar la aviesa crispación política. Sus recomendaciones se vieron reforzadas por los ponentes que recordaron que, a pesar de sus promesas, Aznar sigue sin poner fecha a ese viaje a los campamentos de refugiados en el sur de Argelia.

Con todo ello, León no pudo evitar que el enfado saharaui frustrase su propia caza a la foto e hiciese desembocar en una nueva polémica sus maniobras para convertirse en el maestro de ceremonias de la clausura de las jornadas. Esta vez, ni una sóla pitada se alzó contra el representante del PP que le recordó que las recriminaciones por la traición saharaui no sólo le llueven al PSOE de la derecha, sino, sobre todo, de sus socios de IU.

Quizás algún día, podamos celebrar con el pueblo saharaui el triunfo de la paz en su tierra, tan necesaria para la vapuleada integridad de la ONU. Entonces les tendremos que agradecer no sólo una lección ejemplar de dignidad sino, también, un máster en política, fundamental para el saneamiento de nuestra clase política, de izquierdas, derechas, centro y lo que venga. Por el momento, lo único que los políticos españoles han logrado es alimentar una más que justificada desconfianza entre una población que, sea cuál sea el resultado del referéndum, reside en un territorio a tiro de piedra de las islas Canarias.

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