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EL IMPERIO DESIERTO; SEGUIDO DE AQUEL MENDIGO DE LA PLAZA ESBEHIH EH
EL IMPERIO DESIERTO; SEGUIDO DE AQUEL MENDIGO DE LA PLAZA ESBEHIH EH

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Autor/a/es:

Ramón Mayrata


Editorial:

Calamar Edició Y Diseño, S.L.


Sinopsis:

Un joven antropólogo recibe el encargo de escribir la historia de un territorio lejano y exótico, del que existe escasa información, pues se encuentra velado por la ley de secretos oficiales. Sucede en los últimos años de la dominación colonial española del Sáhara. Cuando los saharauis se percatan de que se juegan su destino, abren las viejas maletas de piel y los cofres de plata donde guardan el legado de las tribus del desierto y ponen en manos del antropólogo manuscritos antiquísimos e ignorados, para que puedan ser presentados en el Tribunal de la Haya en defensa de su derecho a la independencia.

Son muchos los que consideran esta obra la novela clave sobre el fallido proceso de descolonización del Sáhara, la descomposición del mundo colonial y la epopeya del pueblo saharaui. Su tema es tan vasto como un sueño incumplido, como la memoria colectiva de un pueblo.A través de la mirada del protagonista, fascinado por el desierto y la enigmática cultura de sus moradores, Mayrata explora lo que pudo ver con sus propios ojos como testigo privilegiado en aquellos días de tensión extrema. Asistimos a la irrupción en los mapas de un pueblo ignorado, el inicio del movimiento de liberación y del Frente Polisario, los titubeos de la descolonización, la “Marcha Verde”, la traición, el éxodo, el comienzo de una guerra brutal, que aún no ha concluido. La memoria de un tiempo en el que saharauis y españoles combatieron juntos por un futuro en libertad. Por el desierto, que desafía a la realidad, la novela persigue la estela de tantos hombres y mujeres zarandeados por el destino, las huellas casi borradas de su devenir trashumante, los íntimos secretos de sus conciencias desconcertadas.
Incluye un prólogo escrito especialmente por Ramón Mayrata para esta edición y se completa con el relato
Aquel mendigo de la plaza Esbehiheh.

Colección: Sgarit Biblioteca del Desierto, nº 2

“Una excelente novela... por su fidelidad histórica y su honestidad cultural e intelectual” Rafael Conte. ABC Literario

 

Lee una parte:

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Con la irrupción de la primavera se anunciaba en lontananza la llegada de una misión visitadora de la ONU y la ciudad hervía en obras. Las autoridades españolas habían decidido adecentarla y para ello recurrieron, incluso, a las tropas de la guarnición. Los saharauis estaban nerviosos. Sin duda preparaban, a su modo, el recibimiento. Una manifestación de mujeres fue reprimida con contundencia. Protestaban por la carestía de la vida.
     La desaparición de Buhe coincidió con el fin de los trabajos de la Comisión. Ignacio había empezado a enviar, por valija, las remesas de documentos y se afanaba en dar los últimos retoques a los informes, que llenaban hasta rebosar una cartera de cuero, antes de acudir a exponerlos personalmente a Madrid.
     La inminencia de su marcha había acelerado el ritmo de su vida. Volvió a sentir una sensación olvidada en aquel año de estancia en el Sáhara: la prisa. Cayó en la cuenta de que tenía que dejar en regla un buen puñado de cuestiones antes de viajar a Madrid con la documentación. En el Ministerio de Asuntos Exteriores le instaban a que no retrasara su partida ni un día más.

      La desaparición de Buhe no le pilló por sorpresa. Ahora se daba cuenta de que el saharaui, la última vez que se vieron, había insinuado su despedida. Aquel día, Ignacio se había levantado más temprano que de costumbre. Desayunó apresuradamente y rechazó la segunda taza de café que le ofrecía el camarero, habituado a su rutina. Pero nada más traspasar la puerta del hotel, Buhe le obligó a introducirse en su Land Rover.
      —Antes de que te vayas a Madrid quiero entregarte algo —le dijo en cuanto se sentó al volante.
      Ignacio sabía que era inútil discutir con él. Buhe nunca entendería que no estuviera disponible.
      Atravesaron el puesto de la Policía Territorial que controlaba la salida de la carretera de El Aaiún en dirección a Smara, dejando atrás las últimas jaimas asentadas en Hatarrambla. Progresaban en dirección opuesta a la costa, alejándose de la cadena de dunas que desde el borde del mar se intrincaba en el interior del desierto hasta detenerse en los límites escurridizos de la llana y pedregosa hanmada.
      Buhe señaló el horizonte. Una masa de agua ondulante flotaba a un metro del suelo.
      —Siempre me ha parecido más irreal el desierto que sus espejismos —ironizó Ignacio.
      Entre las olas imaginarias surgieron algunas figurillas diminutas e imprecisas. Lentamente se perfilaron las siluetas de un rebaño de camellos. Buhe abandonó la carretera para ir a su encuentro. Los rodeó con el Land Rover una y otra vez, procurando no acercarse demasiado para no provocar la desbandada. Iban atados entre sí, en grupos de dos o tres. Un par de hombres se aplicaban sin dificultad en encaminar sus pasos.
      —Son gente de la tribu Arosien —precisó Buhe—. Buenos guerreros. Llevan el ganado al matadero de El Aaiún. ¿Te acuerdas? Allí tuvimos una de nuestras primeras conversaciones.
      Movía a uno y otro lado la cabeza y chasqueó la lengua.
      —Desde entonces —agregó— han pasado muchas cosas.
      —Recuerdo que en aquel momento te negabas a colaborar conmigo. Identificabas la historia con el mantenimiento de un orden social caduco. Y ya ves, te has convertido en un historiador.

      —No, eso no. Eso nunca —insistió con resolución.
      Un desvío les situó en el lecho de la Saguia El-Hamra, a la vista de un pequeño oasis. El agua surgía de las entrañas de la tierra permitiendo que brotara la vegetación. Manaba hacia el fondo del valle escalonando tres conjuntos diferentes de verdor, separados por calveros de arena fina y blanda. Junto a las palmeras crecían arbustos leñosos de formas angustiadas. En el conjunto central habían trenzado una cabaña con ramas secas de palmera. El reguero se remansaba en un terreno en el que la mano del hombre cultivaba hierbabuena, tomates, cebollas y alfalfa.
      —Todo esto lo trabaja un anciano —se lamentó Buhe—. Si contara con brazos jóvenes, este terreno produciría mucho más. Pero es un hombre bueno —añadió—. Él guarda lo que buscamos.
      Señaló con la mano la franja central de la Saguia moteada por unas breves manchas verdes. Los dispersos matorrales se extendían por el cauce hasta perderse de vista a uno y otro lado.
      —Todo este brazo de tierra es cultivable. Algún día, cuando consigamos la independencia, Messeid será un vergel.
      A Ignacio le gustaba oírle hablar así. Él también creía que en aquel país, de exigua población y considerables recursos naturales, todos los sueños eran posibles.
      Dos chiquillos, inquietos por su presencia, prorrumpieron en gritos. El viejo se asomó desde una loma. Iniciaron la ascensión para reunirse con él.
      —¿Qué significa Messeid en vuestra lengua, Buhe?
      —No lo sé con seguridad. Creo que proviene de Lemsied. Esa palabra designa el lugar donde se encuentran las tumbas de los santones.
      —¿Hay en este lugar enterramientos?
      —Sí, pero no sé dónde están. ¡Vamos!
      En la cima, el viejo había construido una barraca donde servía algunos refrescos, y vendía mercancías a los pastores nómadas. No tenía bebida alcohólica alguna según los preceptos del Corán.
      —Beberé té —dijo Ignacio, preguntándose por qué Buhe le había conducido hasta aquel lugar.

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Año de publicación:

2008

Encuadernación:

Tapa Blanda

Número de páginas:

392 páginas

Dimensiones:

16 x 23 cm

ISBN:

9788496235274

Lengua (idioma):

Castellano

Fecha de alta:

08/02/2009


 
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Fecha : 08/02/2009 - Lecturas : 4284
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