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Mujeres Saharauis



(Página: 4/8)


LA MUJER EN LA FAMILIA:
HIJA, MADRE, ESPOSA

El matrimonio

El matrimonio es uno de los rasgos en el cual se fundamenta la cultura saharaui. Hoy como en el pasado, si bien con modalidades diferentes, este rasgo se repite cíclicamente generación tras generación, para que la familia, uno de los pilares de la sociedad, garantice la continuidad de ésta social y cultural.

No casarse sería una grave falta para la sociedad saharaui; debido a esta razón todas las normas sociales convergen hacia la institución de la familia. También el divorcio cuyo concepto de separación conyugal podría parecer contra de la unidad familiar, al contrario se basa sobre la re-formación continua de núcleos familiares, no importa cuántos, es fundamental que estén y que rijan el social por medio de la procreación, perpetuando la que tomaba el nombre de “política de reproducción” o “parir como recompensa a los mártires”; como a querer recuperar las fuerzas humanas perdidas durante la guerra contra Marrueco.

Como lo destaca una joven entrevistada: una mujer no se puede quedar soltera. Una de las leyes del Islam dice que la mujer debe casarse: “Una mujer que no tiene hijos es como una persona que no tiene nada.”. Según la religión musulmana una persona se debe casar. Además, la noche que te casas se te perdonan todos los pecados, es como empezar una nueva vida.

En el pasado las familias saharaui beduinas (que viven en el badu o en el campo) solían casar a sus hijas a una edad temprana, aproximadamente a partir de los ocho o diez años, bien antes de tener la primera menstruación. Pues, aún siendo una tichirt, una niña, la joven se consideraba como majtúba, prometida, y para explicitarlo se colgaba una rashma, un hilo de algodón, en su mano o en el cabello; de esta manera la sociedad se enteraba que la “mujer” estaba prometida ma’gud fiha jeit, ma’guda fi ragbat iflan y que tenía un novio-pretendiente.

Las palabras de una mujer entrevistada son esclarecedoras al respecto: En la época de mi mama antes de venir aquí se casaban a los 10-14 años, cuando la familia empieza a pensar que las mujeres se pueden responsabilizar para la familia, es decir hacer pan, encargarse de los hermanos, atender la casa. Se casaban antes de la primera menstruación, el importante es que sabía cuidar la casa, no importaba si todavía era una niña. El padre decidía que ya es hora que la niña se case, entonces así será. Claro que de principio no pueden tener hijos debido a que la mayoría de las veces la niña todavía no tiene la primera menstruación, pero tienen relaciones desde la primera noche de casadas, no importa la edad.

Con el estatismo de los campamentos cambió definitivamente el concepto de familia y con ella sus tiempos socio-culturales. Ahora para casarse se espera la mayor edad y sobre todo que las jóvenes mujeres acaben sus estudios; a menudo hay jóvenes de más de 30 años que todavía no están casadas: (...) Ya las cosas han cambiado; si los padres quieren que la hija se case, por lo menos esperan que las niñas acaben sus estudios; mientras que antes las quitaban de la escuela para casarlas cuando los padres lo habían decidido. Lo que es cierto es que dentro de la sociedad saharaui no es posible eximirse del matrimonio, aunque no cabe duda de que la edad para hacerlo aumentó notablemente.

Antes el matrimonio más que considerarse una unión emocional representaba una relación necesaria al sustento del grupo, un mecanismo endogámico a través del cual se otorgaba continuidad a las complejas normas de las tribus del bedia, un rasgo que fundamentaba las alianzas, los poderes políticos locales y la solidariedad tribal. Hoy todo esto cambió considerablemente debido a numerosos factores, no último el contexto de los campamentos. Actualmente el matrimonio sigue representando una relación necesaria al sustento de la sociedad, pero las posibilidades de que una mujer pueda elegir su propio compañero han aumentado, si bien esta elección femenina no se puede considerar representativa de la mayoría de los saharaui, porque nunca se puede prescindir de considerar la opinión de los padres: La mujer puede decidir con quien casarse, pero si la familia no quiere no se puede. Por ejemplo si el hombre no es de mi lugar, si no tiene estudios como yo, (...) no es posible que me case.

Lo más común, como lo destacan muchas de las mujeres entrevistadas, es que los padres se encargan de todo y eligen al esposo. Antes de que ella supiera que se va a casar, el padre ya se había encargado de todo (...).

Un hombre está más libre de elegir a su esposa y de casarse a una edad en que esté listo para mantener a la familia; esta etapa para un hombre se puede fijar aproximadamente a los 18 años, después del ayuno del mes de Ramadan. Sin embargo también a él se aplican los principios de la unión endogámica; esto depende de la familia, como para la mujer. El hombre elije a su esposa. Pero también para él, como para la mujer, depende de la familia; aunque los hombres también se pueden casar con argelinas y con mujeres de otros lugares.

Es menester decir que la mujer debido a los lazos consanguíneos y a la voluntad familiar nunca está verdaderamente libre de elegir al hombre que quiere para casarse. La ultima palabra es de la familia y si los padres, sobre todo el padre y los hermanos, no aprueban la elección de la hija, la decisión de ellos representa la última e inapelable.

La fiesta de boda y la dote

  La boda es el ritual de pasaje por medio del cual se institucionaliza la familia, la columna sobre la que se rige la sociedad saharaui. El articulado rasgo de la fiesta de boda es bien representativo de la complejidad de esta celebración a través del cual se fundamenta la identidad femenina y su rol dentro de la sociedad, re-significándose de joven a mujer.

El tiempo simbólico de la boda, quiebra el tiempo cotidiano para volverse caos, renacimiento social bajo un nuevo status. El festejo varía con base en el papel adquirido anteriormente por la mujer; si se casa por primera vez, símbolo virginal de la pureza requerida, la boda dura siete días, pero en la actualidad puede oscilar dentro de los tres días. Al contrario si la mujer ya contrajo matrimonio, entonces la ceremonia durará sólo un día y todo asume los sesgos de la sencillez. Pero no sólo, la mujer que no se casa por primera vez tiene también más poder de decisión sobre la persona con quien casarse, está más posibilitada en elegir al hombre sin la contundente influencia familiar. Desde la segunda vez que se casa una mujer todo es más fácil, nada más se lo dice a la familia. Los preparativos son más sencillos en el sentido de que la familia ya no se mete mucho. Siempre se le hace la ceremonia bien, pero desde la segunda vez ya es ella quien decide con quien se casa.

Por lo que al hombre atañe, al contrario, no se registran diferencias entre la primera o la segunda boda; lo que es una ejemplificación del rol social que encubre la masculinidad saharaui, como bien lo destaca una mujer entrevistada: Para el hombre es siempre igual, también puede ir sólo sin testigos ni nada. Primera, segunda, tercera vez es igual; el hombre es siempre el hombre.

e considera que el ritual de la boda empieza bien antes del ceremonial efectivo. Cuando ambas familias toman la decisión con respecto de los futuros esposos, la familia del hombre expresa por medio del jutuba la acción con la que se pide la hija de otra familia como esposa para su hijo, además visita a la familia de la novia acordándose con los padres y los hermanos sobre la celebración de la boda. A esta visita sigue otra de carácter oficial en donde la madre del hombre, acompañada por otros familiares, trae a un animal para sacrificar, azúcar, vestimentas y perfumes para concretar la ceremonia de aljutuba, que en hassaniya toma el nombre de wajeb at-Tefla, es decir la legalización de la relación, después de la cual se acuerda la fecha de la boda. Es entonces que el novio trae la dote mahr, para su futura esposa, compuesta de costumbre por camellos, vestimentas, azúcar, té verde, inciensos y perfumes, siempre de acuerdo a las posibilidades que tiene cada familia.

Antiguamente la dote estaba compuesta también por otro tipo de don para ayudar a la mujer en los quehaceres domésticos; la fuerza humana, los esclavos, abid. Los esclavos se consideraban mercancía como los otros objetos o bienes que se añadían a la dote para la esposa; a la familia de ella se dejaba la mediación con respecto del número de esclavos que se le hubieran tenido que entregar a la hija para casarse: los padres decidían si ella hubiera tenido una esclava o más; es según la decisión de los padres. Se elegían esclavos o esclavas dependiendo de los trabajos que había para hacer.


Cantante del grupo musical saharaui Estrella Polisaria y dos mujeres que bailan en una fiesta de boda

Mujer que baila en una fiesta de boda; en el fondo se intravé la esposa vestida de blanco con el rostro cubierto

Actualmente la dote es mucho más exigua que antes, para que todos tengan la posibilidad de casarse, de hecho dice una mujer entrevistada: La dote en la religión musulmana es muy baja es algo sólo para iniciar la boda, para los primeros tiempos de matrimonio, para permitir a todo mundo que se case sin necesidades de dinero. Además que ser más contenida la dote se modificó tanto cuantitativa como cualitativamente con base en las nuevas necesidades de los campamentos; ahora se otorga el ganado, los productos de primera necesidad, los utensilios caseros, los equipos domésticos, entre otros.

Definir la dote de la muchacha siempre le ha correspondido al padre o algún familiar directo de la muchacha. Antiguamente la entrega de la dote se realizaba en dos partes; la que se entregaba al firmar los papeles de compromiso y otra si el hombre decidía divorciarse de la mujer. La parte que se entregaba al casarse tomaba el nombre de al-múqaddam, es decir firma del compromiso; la otra parte de la dote (al- múajar), al contrario, se entregaba sólo en caso de que el hombre decidía de separarse de su esposa. La mujer al casarse puede decidir de renunciar a esta parte final de la dote, pero con una condición llamada aj-maj, que ella misma puede imponer al hombre si él quiere divorciarse y consiste en que la mujer renunciará a la mitad de su dote si el hombre promete no casarse otra vez. Si el hombre acepta esta cláusula y luego no cumple con ella, es decir si vuelve a contraer matrimonio con otra mujer, entonces se verá obligado a entregarle a su ex mujer la parte de la dote a la que ella había renunciado; de esta forma el marido pierde asimismo el derecho legal de volver a casarse con ella.

Pero la dote puede ser de varia entidad también debido a algunos factores de salud por parte de la mujer, los cuales disminuyen la cantidad de bienes que se entregan. Una mujer con discapacidad en el oído, en la vista o en la actividad motriz, por ejemplo, no obtendrá la misma dote que una mujer “sana”. Otro factor que puede influir en la disminución de la dote consiste en que los familiares de la mujer presentes para la firma del compromiso deciden de renunciar a parte de la misma. Esta decisión se conoce con el nombre: arkub aj-ma’a, consenso del grupo.

Antes del desplazamiento hacia los campamentos, los saharaui tenían un articulado y complejo ceremonial de boda. El futuro marido llegaba con una caravana de camellos en la jaima de su futura esposa y la familia de la mujer al verle levantaba una tela blanca llamada al-band, entre cantos populares zagharit, assalaf, ad-dufuh. Después de esta señal la familia se dirigía hacia el agd para la legalización del matrimonio por parte del juez, ceremonial al cual estaban presentes tanto el testigo del marido, como el de la mujer que debía necesariamente ser su padre, hermano o tío. La boda legal se concluye con tres disparos en el aire acompañados por el zagharit de las mujeres, canciones, himnos y tambores.

La celebración continúa en la jaima de boda que se llama jaimat arrag porque se construye en un lugar vació y fuera del vecindario para no molestar a la gente con el ruido de los festejos. La madre de la esposa es quien se encarga del grupo que erige y levanta la jaima y su hermana mayor, o alguna familiar cercana, se encarga de reunir el material para su decoración. Todos los presentes, vecinos y conocidos intentan colaborar solidariamente, aportando lo que puedan para que la jaima esté lista lo más pronto posible.

Cabe destacar que la entrada principal de la jaima es la parte sur, debido a cuestiones climáticas. Cuando la jaima nupcial esté lista, un grupo de hombres de la familia del marido mata a un camello y lo entrega a la familia de la mujer para que lo cocinen.

Mientras tanto en la jaima se festeja con bailarines, cantantes y músicos esperando al marido quien llega rodeado por su familia y festejado con gritos, canciones y rituales vueltos a alejar los espíritus, que en tales ocasiones intentan arruinar la fiesta con su presencia. Tales rituales consisten en llevar consigo un cuchillo o cualquier otro objeto de metal porque espantan a los demonios. En este entonces la familia de la mujer procede a colgar dos pañuelos, band, uno blanco y otro negro, entre dos postes justo en el camino de la caravana de amigos y familiares del marido; de esta manera empieza una fuerte disputa para ver quién se queda con los pañuelos.

Al llegar el marido no puede entrar directamente antes de haber dado siete vueltas en torno a la jaima, empezando por la puerta oeste y recitando el Corán en voz baja. Cuando terminan las siete vueltas, entran por la puerta principal orientada hacia el sur recitando al’basmala, en el nombre de Alláh. Este ritual tiene un fuerte valor apotropaico porque se trata de una tradición heredada de nuestro antepasados y tiene el propósito es espantar a los malos espíritus y los demonios de la jaima. Después de este rito, el marido se sienta en la parte este de la jaima, el espacio reservado para él y su esposa, en donde también pasan la noche. Es importante que el marido permanezca callado durante toda la primera noche, porque existe la posibilidad de que se le provoque intencionalmente un hechizo llamado àagdet ad-zhar, que significa literalmente “encogimiento de la espalda”.

Ya que el marido no puede entrar directo en la jaima sin antes haberle dado siete vueltas, como mencionado anteriormente, la mujer no puede asistir a este ritual, antes de ser adornada con las trenzas ad-dafra y vestida con al-baisa, una tela blanca y otra negra. Es importante que la vestimenta de la recién casada no haya sido cosida por una mujer divorciada o viuda por temor que la esposa se arriesgue al mismo destino. Cuando ella acaba de arreglarse el marido con sus amigos empiezan a buscarla, pero no será tan fácil debido a que las amigas de ella intentan esconderla. Cuando los dos neo-cónyuges se re-encontrarán, la esposa sin descubrirse el rostro habla por primera vez con su marido; no lo hizo antes porque el marido corre el riesgo de que lo hechicen. Por lo tanto así transcurre la primera noche.

La segunda noche es conocida con el nombre de lailat ad-dajla o lailat add-dujul, la noche del acceso. Las familiares de acuerdo a la cultura saharaui, expresan varias bendiciones que tienen como propósito de que la vida conyugal tenga éxito:

                              
Con la bendición de Alláh, 
Será una buena esposa.
Con la bendición de Alláh
ella sólo quiere tener hijos,
Cien camellos y un paraíso,
Llegará la felicidad, si Alláh quiere,
y será una buena mujer.
                              
                

Durante esta ceremonia, la mujer se arregla con todo tipo de atuendo tradicional y es preparada y aconsejada por sus amigas quienes ya han pasado por esta etapa matrimonial.

Desde la tercera hasta la quinta noches de la Ceremonia que se llaman layali at-tarwah, noches del traslado de la novia, se oculta la mujer a su marido en un lugar secreto que sólo conocen las amigas de ella. Esto hace que el marido emprenda la búsqueda con sus compañeros y parientes, entre los cuales elegirá el wasir, quien durante toda la ceremonia se encarga de vigilar la jaima en donde se encuentra asentado el esposo durante las celebraciones. El wasir también se encarga de perfumar a los presentes como muestra de hospitalidad, asimismo de repartir caramelos a los niños o bebidas y comidas en caso de necesidad.

Se dice que el juego de la esposa escondida se hace para despertar simbólicamente los sentimientos de celo del marido hacia su mujer. En ocasiones, las compañeras de la mujer tratan de engañar a los aliados del hombre, disfrazando a una de sus amigas con las vestimentas parecidas a las de la novia. La última noche de la ceremonia se llama ah’shlaf, recolección; una variable cultural consiste en llamarla laylat a-jadda, la noche de la abuela. En esta noche, los recién casados duermen juntos y las amigas de la mujer cantan para despedirla:

                              
¡Oh mujer! Duerme, duerme,
te deseamos dulces sueños.
Eras una de nosotras,
pero has escogido tu príncipe.
Ahora que nos abandonas,
te deseamos lo mejor.
                              
                

Después de esta canción, la gente lleva a la mujer cargada sobre una gran tela y ella finge que está tratando de resistirse; cuando llegan a donde está el esposo, cantan la siguiente canción:

                                   
No vendremos hasta no traerla con nosotros (la mujer), 
a vosotras, las de las trenzas negras.
Alzando “el-band” la banderola de la paz,
trasnochando, mientras la gente duerme.
                                   
                

Durante esta noche se le otorga un regalo a la novia llamado amrug. Luego, la madre de la mujer envía un obsequio especial a la familia del marido, que consiste en la mitad de los bienes de la dote entregada por el marido. Este tipo de regalos se le llama el-fasja. Al final de este día, caracterizado por el intercambio de dones, empieza la mudanza de la esposa hacia su nueva casa.

Atuendo tradicional del esposo

En la ceremonia de boda saharaui la vestimenta tradicional del marido está compuesta por dos darraa, una blanca y otra azul, mientras que en el pasado se utilizaba una darraa negra, un lizam, es decir un turbante de tela larga de color negro hecho de tejidos como el nila o tubit, en fin un pantalón blanco, sirwal, de un tejido llamado shig-ga. Este tipo de pantalones se conoce con el nombre de sirwal a’arab. Es espacioso, sólo llega hasta debajo de las rodillas y para sujetarlo se usa un cinturón de cuero llamado l’gchat; como calzado el esposo utiliza unos zapatos blancos llamados girg, en alternativa se pone sandalias de cuero. Un cinturón de cuero llamado hazzama que el marido lleva siempre en la mano para espantar a los que intenten arrebatarle la mujer en una operación de disputa, aglah, o en un juego llamado lb’ruk.


Esposa con su atuendo, henna en las manos y trenzado tradicional

Atuendo tradicional de la esposa, wazira

El día en que se entrega la dote, la mujer también elige a una de sus amigas o familiares más cercanas, a veces es una experta, para que la ayude en el cuidado y atuendo matrimonial, en buscar la henna, colocarle las joyas, hacerle las trenzas de diferentes colores y maquillarla. La esposa lleva puestas pulseras y collares de plata y bronce además del jeljel en el tobillo, una joya tradicional de plata; el oro no se usa tanto en la sociedad saharaui, ya que se piensa que puede llevar desgracias e incluso la muerte a la mujer o a sus familiares.

Mientras la mujer se arregla, una de sus amigas empieza a machacar la henna y cuando esté lista, se le pone a la esposa en los pies y en las manos, para luego forrarlos con plástico para que el color se fije; además se le pone perfume y se le echa incienso en el vestido compuesto por la melhfa de nila de color azul marino y por el izar y por unas zapatillas de cuero. Cuando la esposa está lista empieza la mudanza: ad-dajla o at’tarhal.

Hechizos y brujerías en torno a la boda

Dentro de la tradición saharaui la brujería y la hechicería son rasgos culturales muy tangibles. La ceremonia de boda constituye uno de los momentos críticos en los que tanto la brujería como la hechicería se pueden manifestar en toda su fuerza, influyendo sobre el símbolo de la misma boda saharaui, la familia y la procreación. Tales “males” intentan afectar tanto a la sexualidad de la mujer como a la del hombre y, como bien lo enfatiza una mujer entrevistada: la brujería se realiza en el instante inmediato después de la conclusión de la ceremonia de firma del compromiso entre los recién casados, que es el ideal para practicar este culto y se ejecuta a través de aprovechar cualquier instante en el que el marido pronuncie una palabra, para proceder a cerrar una navaja y lograr algo así como, “secuestrar su discurso”, para luego aplicarle un culto que provoca la impotencia del hombre para privar el marido del principal objetivo del matrimonio y así fracasar el matrimonio a través el rechazo del marido por impotencia. Sin embargo, para que esta maldición no tenga éxito, es necesario que el hombre recién casado tome ciertas medidas como evitar de sonreír durante los días de la ceremonia, evitar de hablar durante toda la primera noche; sentarse sobre sus sandalias, colgar antídotos tradicionales contra la hechicería y la brujería. Cuando concluye la ceremonia de firma del compromiso entre los casados, el marido intenta tocar a su mujer para anular el efecto de la maldición, ya que ese es el secreto para que la brujería no tenga efecto.

La brujería puede afectar tanto a la mujer que está por casarse, como a una niña, pero de otra forma con respecto de cómo se manifiesta para el hombre. Por lo que a la esposa atañe el hechizo consiste en llevarla a rechazar el hombre de forma tajante, mientras que a la niña la llevaría a tener relaciones sexuales antes de casarse, arruinando de esta manera su reputación de su familia. Para ahuyentar el riesgo de este embrujo la madre realiza un ritual de la siguiente forma: Se toma un at’bag, un instrumento que se usa para la elaboración del Cus-Cus, se le abre un hueco por el fondo y se hace a la niña salir por el hueco, recitando tres veces la siguiente expresión; “mi hija es una pared y el hijo de ellos un hilo”. Luego se esconde at’bag en un lugar seguro hasta que llegue el momento de la boda de la niña y así se dificulta practicarle la brujería. Mientras cuando la mujer cae en la maldición, para anularla se realiza la misma operación pero al revés. Es decir, la mujer recién casada sale por detrás de at’bag y entra por delante y la madre recita la expresión anterior al revés.

Otro tipo de hechizo para la mujer, parecido al del hombre, atañe siempre a la neo-esposa. Tal brujería surte más efecto cuando se ejecuta inmediatamente después de que los esposos firmaron el compromiso. Como los anteriores, generalmente lo realiza alguna persona que haya tenido celos u otro tipo de problemas con el marido o con la mujer y se realiza por medio de una lata ya usada: manteniendo el envase abierto y buscando la oportunidad en que la mujer pronuncie una palabra para “encerrar su discurso” y luego recitar tres veces la expresión; “te cerré no te cerré, envase”. Cuando se logra el objetivo, se esconde la lata en un lugar seguro y alejado del alcance de la gente y durante todo el periodo en que el recipiente se encuentra escondido, los esposos nunca podrán reconciliarse. Para anular su maldición, ocurre buscar el envase y repetir tres veces el contrario de la expresión anterior; “te abrí no te abrí, envase”.


Ceremonia de bautizo

El bautizo del nombre

El complejo rasgo cultural del bautizo saharaui es mucho más que un ritual de pasaje en el que se institucionaliza la pertenencia religiosa de un niño. Entre los saharaui el bautizo es el que otorga el primer rasgo identitario al niño, su nombre.

Siete días después del nacimiento del bebé se organiza una fiesta muy grande para toda la comunidad, una fiesta social, abierta a parientes, amigos y vecinos. En esta misma ocasión en la jaima, apartadas de las celebraciones, se reúnen las mujeres de la familia de los cónyuges y padres del bebé, para dar comienzo al ritual que elegirá el nombre de la niña o del niño. Una variable cultural menciona que la elección del nombre se lleva a cabo sólo a partir del segundo hijo, porque el primer nacido llevará el nombre elegido por las mujeres de la familia del padre.

Las mujeres se disponen en grupo en la jaima y toman siete rosarios o siete palillos de madera en total; cada rosario, cada palillo, corresponde a un nombre. Luego se toma una taza de leche de camello o de cabra y dentro de la leche se meten los rosarios o los palillos. Entonces la taza se le da a la mamá, quien no ha mirado nada porque durante todo el tiempo dio la espalda a las mujeres, y ella sin mirar extrae tres de los elementos de la taza. Cada vez que se saca uno se dice en voz alta el nombre. Se vuelve a hacer el mismo ritual, pero esta vez se sumergen en otra taza de leche los tres rosarios o palillos elegidos; el primero que escoge la mamá será el nombre del niño o de la niña.

Se dice que en pasado, si para el niño se elegía un nombre igual al que tenía una persona presente en la fiesta de bautizo, esta persona debía traer un fusil al niño si era barón y un collar de oro o de piedras como las del rosario si era mujer.

Es posible que este complejo ritual no se tome en cuenta si una mujer, pariente o amiga de la familia, sueña con el nombre de la niña o del niño. En este caso o se le pone directamente el nombre que apareció en sueño, o se lleva a cabo de alguna manera el ritual del bautizo, pero si el sueño en cuestión era atinado, entonces saldrá el mismo nombre durante la elección del tsbih o del palillo de la leche.

Las relaciones conyugales y los espacios domésticos de género

La vida conyugal de una pareja saharaui depende en gran parte de la posibilidad que ambos tuvieron de elegirse recíprocamente. Al no ser así, es decir, si la familia de la pareja arregló la unión, entonces llevar la relación podría volverse complejo, hasta tal vez llegar al divorcio y a todo lo que culturalmente conlleva este paso.

Es opinión común que el desacuerdo familiar se puede traducir en peleas, pero no comporta la violencia física por parte del marido hacia la mujer. En todo esto si es el esposo quien de alguna manera falta de respeto a la esposa, la familia de ella puede interceder en la medida en que fueron ellos mismos a elegir el marido para su hija; tomándose la responsabilidad de su elección. Al contrario, dicho con las palabras de una mujer: si el esposo lo has elegido tu es tu problema; la familia no se mete mucho si necesitas ayuda.

La división de las tareas conyugales está bastante marcada, la mujer se debería ocupar de la casa y el hombre del trabajo. En la realidad no toda norma tiene límites tan rígidos y ocurre, si bien raramente, que un hombre desempleado ayude en los quehaceres domésticos a la mujer que trabaja: La mujer lleva a cabo el trabajo doméstico que es el trabajo más importante mientras que el hombre ayuda a la mujer en la casa y busca trabajo fuera de la casa. La tarea del hombre es cuidar a su mujer.

Según las saharaui entrevistadas para la religión islámica es preferible que las mujeres se queden en la casa para no pecar y también es aconsejable que una mujer casada adopte ciertas reglas de habla y de comportamiento no verbal: para la religión una mujer casada no puede platicar con otro hombre. Antes la mujer no saludaba a otro hombre que religiosamente no se podía saludar, ya ves que en el Islam la mujer sólo podía saludar a su hermano de sangre y a su hermano de lactancia; cuando la madre amamanta también los hijos que no son suyos. Actualmente este rasgo específico se volvió algo obsoleto, en el sentido que la mujer puede comunicar con más libertad con otros hombres que no pertenecen a su familia; sin embargo cabe destacar que las mujeres casadas siguen respetando algunos tabú de comportamiento inherentes a la división del espacio social y familiar con algún miembro de la familia del marido; la mujer no puede encontrarse en la misma habitación con el suegro o con el tío de su marido porque esto representaría una falta de respeto.

La educación sociocultural de los hijos concierne a los dos cónyuges, mientras que de la educación religiosa de la prole se ocupa exclusivamente el padre, al menos que esté imposibilitado en hacerlo: La prioridad de la educación religiosa de los niños la tiene el padre; sólo si el hombre está muy enfermo o está muerto, entonces la madre debe ocuparse de enseñarle la religión a sus hijos y debe estar siempre muy bien vestida y tapada.

Anteriormente en el bedía, los padres que se iban en búsqueda de la supervivencia lejos de la jaima y de su familia, pagaban unos maestros para que les dieran una educación islámica a sus hijos.

En torno a la alimentación y a la nutrición

Entre los quehaceres domésticos que delimitan el espacio femenino se encuentra la preparación de la comida. A partir de los 10-13 años la mujer saharaui, con base en las posibilidades económicas de cada familia, cocina y adquiere en las tiendas de las wilayas algunos alimentos que se añaden a la dieta compuesta por harina, arroz, lentejas, frijoles enviados por las organizaciones internacionales. En los mercados de cada wilaya se encuentran varios géneros alimentarios los cuales cebollas, zanahorias, pimientos, ensaladas, pepinos, tomates, remolacha roja y blanca, papas; frutas como kiwi, mandarinas, naranjas, plátanos y sobre todo dátiles, carbohidratos como la pasta y el pan y algunas galletas y plum cake, para tomar se encuentran tres entre las variedades de té verde más conocidas, pero también café soluble, zumos de fruta, leche y yogurt. También se adquiere la carne, incluso unos embutidos de vaca, pero la mayoría de las veces las familias saharaui matan a sus propios animales, casi siempre se trata de cabras y de camellos. La dieta de los saharaui en el bedía, antes de desplazarse en los campamentos estaba compuesta principalmente por lo que les otorgaban su medio ambiente y sus animales, parte integrante de la vida beduina. La carne de camello y de cabra, la leche y la grasa de los dos animales, el trigo y los dátiles constituían la alimentación cotidiana de la población saharaui.

Los platillos cotidianos elaborados con los alimentos citados son, entre otros: lebsisa (trigo molido, agua, grasa de cabra o camello, agua, azúcar); blgman (trigo molido, agua hervida, grasa de cabra o camello, leche, azúcar); zamit (legliya molida, azúcar, aceite, agua fría) cus-cus, (trigo molido, agua, si se tienen a disposición se agregan también papas, carne, zanahorias, cebolla, grasa de camello o de cabra); mraifisa o mela (pan de trigo sin levadura cocinado en la arena y carne cocinada natural, grasa de camello o de cabra); tishtar (carne seca a veces hecha con grasa de camello o de cabra); lilia (carne de camello, de cabra, grasa de animal); gars (leche que se echa en la arena o en una duna para conservarla. Se deja así unos cuantos días hasta que la tierra adsorbe el agua y deja la leche en la superficie; cuando queda espesa come manteca, se recoge y guarda. Cuando no hay leche a disposición se toma esta manteca, se le agrega agua y se obtiene una leche condensada); aish (trigo blanco, agua hervida, grasa animal de camello, de cabra, leche, caldo de carne); rop (dátiles sin hueso, hervidos y molidos, pasados con una gasa hasta recoger el zumo concentrado, al zumo se le agrega grasa animal); dshisha (trigo molido y pasado al tamiz, agua hervida con grasa animal, leche); lehsa (agua, harina, aceite o manteca y se sirve en el desayuno. Este plato la utilizaban las mujeres para aumentar de peso y también para aumentar la leche en las que han recién parido; además el lesha se considera un plato esencial en el mes de Ramadan); aish (trigo molido y filtrado con un utensilio llamado agarbal, agua, manteca, azúcar, leche).

Los platillos mencionados son parte integrante de la dieta saharaui y algunos de ellos como el rop lo comen por lo general los niños; para las personas ancianas no hay un platillo en particular, pero es importante que cualquier alimento se desmenuce atentamente antes de ser consumido.

Un aspecto que cabe mencionar, además de la preparación directa de la comida, son los espacios en donde se cumple el ritual de la alimentación, los lugares en donde se comen los platillos preparados por las mujeres. Los espacios de género que conciernen la alimentación han cambiado tajantemente en la cultura saharaui. En el pasado la mujer no podía comer con los hombres de su familia, con los hermanos, con su padre, a ellos se les daba de comer a parte, más aún si en la casa estaban unos huéspedes; explican las saharaui entrevistadas que se trata de una forma de respeto.

En la actualidad, las familias más conservadoras pueden comer con los hombres, pero no en el mismo plato, considerando que comer en el mismo plato es un rasgo común. Otras interdicciones atañen a la mujer casada quien no puede sentarse y comer frente a su suegro o al tío mayor de su marido; tampoco puede sentarse o tan sólo aparecer en la misma habitación en donde se encuentran ellos; al llegar uno de los dos la mujer está obligada en salir del mismo ámbito y debe taparse sobre todo el cabello y los labios.

Ahora las mujeres tienen mas libertad y pueden comer con sus amigas, amigos y hermanos, pero la interdicción hacia el suegro y el tío mayor de su esposo queda un tabú de parentesco muy arraigado; sólo el día después del final del Ramadán, o en casos excepcionales de enfermedad, se puede tener contactos con estas figuras masculinas prohibidas a la mujer.

En muchos restaurantes los espacios de la comida se dividen y la mujer tiene un lugar apartado y separado de la sala en donde comen los hombres; una mujer saharaui destaca que comer fuera de casa no es bien visto socialmente: no es una costumbre bien acepta: ahora se puede comer en un restaurante con los hombres, pero a los mayores no les gusta ver a mujeres que coman en la misma habitación de los hombres. Es decir, se puede pero está mal visto por algunos hombres ancianos. Los ancianos piensan que en los restaurantes no hay respeto para la mujer, piensan el restaurante como un cabaret; a los hombres no les gusta que sus mujeres vayan a los restaurantes.

Si bien la cocina y la comida conciernen sobre todo a las mujeres, la elaboración del té por lo general no comporta diferencias de género en sí, aunque su largo ritual presenta algunas prescripciones que una vez más conciernen al espacio de la preparación. El té verde está a la base de la cultura saharaui, es la bebida aglutinadora de la sociedad y catalizadora de las emociones cotidianas; en torno al vaso de té se cuenta, se escucha y se comparte. El largo ritual del té prevé un servicio completo compuesto por unos vasos pequeños de vidrio definidos hayati (lisio) o luaj (más cortos que los otros y poligonales), dos bandejas, sinia, una tetera, té verde, azúcar y agua dulce, un bracero al que se le agrega carbón, denominado ferna o meymar:

Es muy complejo realizar un buen té, no todos saben hacerlo. Se calienta el carbón y se pone el agua a hervir en la tetera, cuando hierve se le agrega el té y después de unos minutos esta agua se vacía en un vaso para que se limpie el té. Se vuelve a poner el agua a hervir, se quita del fuego y se agrega el azúcar directamente en la tetera y de nuevo se hierve el agua para la tercera vez. Ahora bien, se tratará de vaciar el té de vaso en vaso muchas veces hasta que se verá una espuma blanca, El primer vaso siempre se ofrece al huésped. Como adelantado, el té lo pueden preparar tanto las mujeres como los hombres, pero en presencia de huéspedes que no son de la familia el té lo preparan las mujeres de la casa, con toda probabilidad una de las hijas 3. Si en la casa se quedan sólo hombres que no son parientes, sino amigos, vecinos o conocidos, la mujer se retirará en otro ámbito de la habitación, entonces en este caso será el género masculino quien se encargará de hacerlo.

La maternidad y las normas de comportamiento antes del matrimonio

La sociedad saharaui, basándose en los fundamentos religiosos del Islam sunita, se rige sobre severas y ortodoxas normas vitales, sobre todo por lo que a las mujeres atañe. La virginidad, la sexualidad relegada al ámbito matrimonial, la procreación y la fidelidad femenina son aún los principios básicos sobre los cuales se fundamenta la familia saharaui.

Las fronteras que delimitaban las normas de comportamiento de la mujer, indiscutibles en el pasado tradicional contado por las madres y por las abuelas, en la actualidad de las jóvenes saharaui cambia de sentido, aunque no varía mucho en la práctica social concreta. Siendo la virginidad un valor absoluto para la mujer saharaui, un valor cuya ausencia compromete gravemente a nivel social tanto la mujer como su familia, está claro que las relaciones sexuales son interdictas en lo absoluto de la vida de una mujer antes de contraer matrimonio: Si una mujer ha tenido relaciones antes del matrimonio ese sí, es un lío porque existe esto de enseñar las sábanas todavía 4; hay que casarse virgen, es una vergüenza para la familia si no estás virgen... En el pasado del bedía este problema no existía porque las jóvenes se casaban muy temprano, a partir de los diez años.

Las relaciones prematrimoniales constituyen un concreto tabú de por sí y en este caso tiene sus consecuencias sobre todo desde el momento en que la sociedad se entera de que una mujer ha pasado el umbral de las restricciones a las que subyace. Cabe destacar que los problemas graves surgen cuando la mujer tiene relaciones con alguien con quién después no contraerá matrimonio, debido al abandono masculino y a su difusión social del acontecimiento. En este caso la primera consecuencia es la marginación y la consecuente dificultad en contraer matrimonio: La sociedad la rechaza, esta sociedad no perdona y es muy complejo porque un hombre está influenciado por su familia que también es importante. La familia te pone frente a la decisión, o nosotros o ella, y son muy pocos los hombres que se arriesgan a meterse entre la mujer y la familia.

Las relaciones extra-matrimoniales tienen las mismas consecuencias sociales que las pre-matrimoniales para la mujer; mientras para el hombre la consecuencia más grande es la separación, y no siempre, como bien lo destaca una mujer saharaui: El hombre tiene más libertad que la mujer; es complejo encontrarlo con otra mujer; pero se puede. Se pide el divorcio y él intenta “comprarla” para que ella vuelva, le hace regalos para que ella vuelva. La mujer puede pedir cualquier condición; mientras que otras mujeres son más estrictas y se acabó debido a la traición.

Otro caso totalmente diferente está representado por las relaciones pre-matrimoniales que revelan un embarazo como evidencia del acontecimiento. Como para el caso precedente, si la mujer se casa con el hombre con quien ha tenido relaciones, el problema no se verifica. Pero si la mujer se queda embarazada y el hombre se rehúsa de casarse con ella y por lo tanto de reconocer la paternidad, entonces la ruptura del tabú ya no constituye sólo un hecho individual, sino que se vuelve un acontecimiento público que es necesario marginar edificando unas estructuras de defensa de las normas culturales. En todo esto un juez se encarga de verificar verbalmente la paternidad del niño, pero si el padre se niega en reconocer su responsabilidad la culpa recae totalmente en la mujer quien se queda sola. Es para casos como éstos que existe una “escuela de educación” entre Smara y Auserd, en la que se ven obligadas a ir todas las mujeres que quedaron embarazadas debido a que contrajeron relaciones pre o extra matrimoniales. Se trata de una estructura que según las entrevistadas tiene la función social de defender a las jóvenes de sus familias porque al no estar allí padecerían de fuertes agresiones. Como lo dice una mujer saharaui entrevistada: la mujer va a la prisión, que no es una prisión, es una escuela de educación para proteger a las niñas porque la reacción de la familia pueden ser muy agresiva (...).

Las jóvenes se quedan sin poder salir y bajo estricto control de unas policías, también ellas mujeres, durante todo el embarazo hasta que no paren. Después del nacimiento, juntas con sus niños estarán obligadas a quedarse en este centro hasta que unos hombres pidan a las familias de las chicas el permiso de casarse con ellas 5. Es muy raro que una familia rechace la propuesta de casamiento por parte de cualquier hombre que se quiera casar con su hija, debido a las condiciones sociales en las que ella se encuentra. En este caso no importa la extracción social, no importan los estudios que tiene o no, no importa la dote, todo margen de elección está anulado, vale sólo la propuesta que frente a la sociedad salva parcialmente de la vergüenza tanto a la mujer como a su familia.

Sólo en el momento en que un hombre va a la “escuela” para recoger a la mujer, ella y su niño podrán salir de la estructura y re-insertarse en la sociedad bajo la prescripción matrimonial, no obstante el sello indeleble de la maternidad pecadora. Las palabras de una mujer entrevistada explicitan aún más la normalidad que se encuentra en torno a este rasgo: La prisión está entre Smara y Auserd, antes era el Hospital Nacional, está al lado de una escuela. Dentro están unas policías mujeres, sólo el guardia es hombre, se turnan sólo mujeres y el trato que tienen es normal sólo les dan informaciones y ya. Las mujeres se quedan ahí por un tiempo hasta que paren, luego las policías le dan formación a ella, hasta que no le encuentra un hombre quien se las casa. Marginan tanto a ella como a la familia. Ella va a parir a un hospital y el niño se queda con ella. Hay hombres quienes se casan con mujeres que han estado en una situación parecida. Cuando pares no te vas de ahí hasta que venga un hombre a pedir tu mano; antes va a la casa de los padres a pedir la mano de la chica.

Las relaciones extra-matrimoniales representan una falta tan grave con base en razones muy concretas. In primis están las motivaciones religiosas y además el hecho de que la sociedad saharaui empuja las parejas hacia la libre procreación, “cuantos más hijos mejor”, porque es necesario crecer demográficamente, es necesario ser más fuertes aún para estar preparados en retomar el territorio que la historia les quitó. Debido a estas motivaciones, los anticonceptivos para evitar las consecuencias de un incomodo y peligroso embarazo son interdictos de la sociedad saharaui, como lo menciona una mujer entrevistada: La sociedad está en contra de los anticonceptivos porque no somos una población muy grande y el objetivo es aumentar el número de la población. Aquí no existen otras revoluciones que no estén enfocadas a la causa saharaui. Sin embargo, como todo rasgo, la libertad personal tiene la última palabra a través de la elección de cada individuo.

El divorcio, la anulación y la separación

El Islam concibe tres diferentes maneras para que se acabe la unión matrimonial: una es la anulación del matrimonio pedida por ambos cónyuges, otra es el divorcio aprobado por los dos y la última consiste en el repudio unilateral.

En la actualidad la sociedad saharaui considera prácticamente sólo el divorcio y la anulación y esta última sólo en algunos casos que se analizarán. En la vida de un hombre y de una mujer saharaui no hay un número definido de veces en las que está consentido divorciar, la única restricción atañe a la imposibilidad de separarse de la misma persona no más de tres veces. Si ocurre que una pareja ya superó el número de separaciones consentidas pero se quiere volver a casar a toda cuesta, entonces es necesario que la mujer contraiga matrimonio con otra persona y sólo después de separarse será posible volverse a casarse entre ellos; sería como volver a empezar desde cero.

Por lo que respecta al divorcio no se trata exactamente de un muto acuerdo bilateral, como lo enfatizan unas mujeres entrevistadas: En la sociedad musulmana saharaui siempre es el hombre quien puede dar el divorcio, porque así lo dice el Islam. Es el hombre quien debe dar el divorcio porque la mujer es demasiado sensible y puede cambiar de idea el día después de que lo pidió. La supuesta sensibilidad de la mujer y los cambios de humor que se le atribuyen se vuelven un rasgo de identificación en el que ellas mismas se reconocen, a justificación de la edificación de la norma que deja sólo al hombre la posibilidad de romper la unión conyugal. Bien diferente de como se ha construido culturalmente el divorcio en la sociedad saharaui, según el Islam la mujer puede divorciar acordándose con el marido, a quien devolverá la dote, el mahr, que él le ha otorgado al casarse.

Una mujer llega a divorciar, pero depende seriamente de la voluntad del hombre quien puede decidir si dejarla libre o al no concederle el divorcio, atarla toda la vida a él, sin que nadie pueda efectivamente interceder bajo ninguna forma: Una mujer se puede divorciar pero con muchas dificultades y sólo cuando el hombre quiere.

En la sociedad saharaui, si una mujer quiere el divorcio es necesario pasar por algunas etapas obligatorias. Según las entrevistadas, si la mujer quiere el divorcio y el hombre no quiere concederlo, una primera etapa consiste en intentar aconsejarla para que ella cambie de idea; estos consejos además que ser verbales consisten en dormir en habitaciones separadas, cuyo objetivo es de dejarla libre de pensar, pero a la vez de punirla. Si por medio de este primer intento no se obtienen los resultados esperados, el hombre está autorizado por la sociedad a usar la fuerza física contra su esposa; lo importante, dicen unas mujeres, es que esté atento a no dejarle signos en el cuerpo: el hombre le puede pegar a la mujer siempre y cuando no le deje la piel marcada 6. Si tampoco la fuerza física funciona, y la mujer está firme en su decisión de divorciar, se intenta el arreglo con unos testigos, tanto por parte de ella como de él, quienes tienen el rol de mediadores. Dos son los días de prueba después de la intervención de los testigos, además de los cuales si aún existen los presupuestos para la separación, entonces el hombre debería (debería) concederle el divorcio a la mujer. Ésta es la norma compartida por la sociedad saharaui, pero en la realidad el marido puede decidir de no conceder el divorcio a su esposa y es más, puede causarle un daño ulterior. El hombre según el Islam puede casarse hasta cuatro veces y no obstante en la sociedad saharaui la poligamia es un rasgo siempre menos actual. Lo que puede ocurrir es que el hombre puede volver a casarse, abandonando a la mujer y no concediéndole el divorcio, dejándola en una especie de limbo sociocultural que impide a ella de volverse a casar, hasta que la separación de su esposo no sea efectiva y legal. La mujer se encuentra por lo tanto en una posición muy crítica frente a la sociedad, de hecho está como suspendida entre el estado de casada y el de abandonada; este status toma el nombre de le’alága. Pero el daño que un marido puede ocasionar a su esposa no se acaba con rehusarse en conceder la separación. A menudo ocurre que si un hombre quiere consigo los hijos, utiliza el divorcio como medida de chantaje, proponiendo a la mujer un intercambio: su libertad, el divorcio, en cambio de su prole.

Si en fin se obtiene la separación, la mujer realiza una gran fiesta organizada por sus familiares y amigas en su jaima, la misma que el marido le ha dejado porque así lo quiere y requiere la sociedad. De hecho es el único bien material que recibirá de su ex pareja, a parte de la ayuda económica mensual para los hijos, que le otorgará tanto él como su familia y los vecinos, la solidariedad social de la familia extensa.

La mujer separada es sustancialmente una mujer libre, que ya no depende totalmente de las decisiones familiares, pero que tampoco está más subyugada a la voluntad marital. Símbolo de esta libertad es la fiesta, el tiempo del caos que rompe la norma, el tiempo de la verdad y de las máscaras a la vez; la mujer se pone sus joyas, se maquilla, baila, canta. Las entrevistadas dicen también que esta fiesta tiene otras significaciones: por un lado tiene la función social de enseñar al hombre su desventura en haber perdido una mujer así, por el otro la fiesta de divorcio anuncia la libertad y con ésta la posibilidad de volverse a casar de nuevo, pero no antes que transcurra al-‘idda, el periodo de “limbo social” en el que una mujer divorciada no puede tener relaciones con otro hombre.

Otro caso para acabar con la unión matrimonial es la anulación, como mencionado anteriormente. El matrimonio se puede anular, pero en la sociedad saharaui no se considera un digna substitución al divorcio, que como se vio se puede volver una praxis desgarrante para una mujer.

Los únicos casos en los que es factible anular la unión conyugal se verifica si los padres de la esposa desconocen su intención de casarse o no aprueban la unión; además si el hombre no entrega la dote a su esposa, tal y como la acordó con la familia de ella el día de la boda. Un único otro caso concierne una cláusula del contrato matrimonial. Esta cláusula es una condición de fidelidad por medio de la que se anula la poligamia masculina y literariamente se escribe: ni antes de ella ni después de ella. Con esta fórmula el hombre se empeña a no tener mujeres durante el matrimonio, pero también de no haber tenido otras novias antes de casarse. Al no respetar esta condición la mujer se puede apelar al juez y pedir la anulación de la unión matrimonial. La única excepción a ésta fórmula concierne la imposibilidad de la mujer en tener hijos, pero no queda claro si se anula la condición de exclusividad sexual y emocional o si se anula definitivamente el matrimonio.

No tener hijos es algo muy grave en la sociedad saharaui; son ellos el fulcro de la unión matrimonial, componente esencial para la realización personal y de la pareja, y al no lograr hacerlos vienen menos los presupuestos sobre los que se fundamenta el matrimonio y falla su objetivo principal que es la reproducción.

El divorcio es una de las primeras consecuencias de no tener hijos y también la marginación social; inútil decir que volver a casarse puede ser muy complejo; no obstante, cabe decir que no todas las entrevistadas comparten este dato. Con sesgos diferentes, pero en la misma situación, se encuentra un hombre quien no puede tener hijos, quien está obligado a conceder el divorcio a la mujer y a responsabilizarse por ella desde el punto de vista económico. También sobre el mantenimiento de la economía post separación hay muchas variables, en fin, se puede decir que no se trata de una pauta muy estructurada y que puede variar de familia a familia, sobre todo de hombre a hombre.



Notas

nota 3: Cabe mencionar que en el pasado los hombres preparaban el té en presencia de los huéspedes, más aún si entre ellos se encontraba un hombre que no era ni un miembro de la familia ni un vecino. Las mujeres hacían el té sólo para su familia y para sus amigas o amigos muy íntimos de la familia, debido a que si una mujer preparaba el té a unos hombres, ella era susceptible de provocar el celo de sus hermanos.

nota 4: Rasgo cultural propio de varios contextos de la cuenca mediterránea y del mundo árabe, que consiste en exponer públicamente las sábanas manchadas de sangre virginal de la primera noche de boda.

nota 5: Algunas personas, hombres de manera particular, destacan que al contrario de lo que se menciona en el texto tales normas no son más tan estrictas como en el pasado, que en la actualidad las mujeres pueden salir del centro después de haber parido y no están más obligadas a contraer un matrimonio reparador para salir de la “escuela”.

nota 6: Según algunas otras interpretaciones, por cierto siempre subjetivas, estas prácticas están relacionadas con la shari’a islámica, pero no se llevan a cabo en la sociedad saharawi.


Proyecto Zagharit Introducción La medicina tradicional La mujer en la familia
La construcción de la belleza femenina La mujer y la educación escolar La mujer y el trabajo Glosario


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