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Hijas de la arena (1)

Sobre las mujeres saharauis

La hamada es muy similar a un infierno: una extensión infinita y llana, un pedregal donde las temperaturas son extremas, donde no hay agua ni vegetación y donde sobrevivir para los humanos sería casi imposible.. 
Ésta es una historia de colonialismo, sacrificios, solidaridad y amor, donde la mujer es el eje principal de un pueblo que se niega a desaparecer.

Hace ya algunos años escuché por primera vez hablar de las mujeres saharauis. Fue a través de una poeta vasca que, invitada por la escritora Norma Segades Maniás, visitaba nuestra ciudad. En esa oportunidad, Silvia Delgado Fuentes me refirió la historia de estas valientes mujeres y fue así como comencé a investigar.


Datos históricos

La presencia de españoles en la costa del Sahara Occidental, en el continente africano, es tan antigua como la conquista castellana de las islas Canarias en el s XV. Lo cierto es que, a través del tiempo, España colonizó esas tierras y las convirtió en una provincia más. Nómada y con una economía basada en el trueque era la población que encontraron los españoles, cuando, luego, en 1884, crearon factorías pesqueras en las costas africanas.

Situado en las fronteras de Marruecos, Argelia y Mauritania, el Sahara Occidental ocupa una superficie de 266.000 km2. Entre sus riquezas naturales se encuentran los fosfatos, que se extraen a cielo abierto, y la pesca, ya que la zona cuenta con más de 1.100 km de costa atlántica. Se cree que en el subsuelo puede haber petróleo, pero esto no ha sido confirmado.

Durante el período español, el Sahara fue colonia penal y, cuando el franquismo, obreros y estudiantes de izquierda compartieron con delincuentes comunes una vida infrahumana.

Pero el territorio africano era una carga muy pesada. Terminando con una etapa, en 1975, Madrid lo cedió a Marruecos y Mauritania. En febrero de 1976 se arrió la última bandera española en territorio sahariano, dejando a los marroquíes como nuevos dueños de casa.

Pero los saharauis no aceptaron el cambio y comenzaron sus reclamos independentistas.

Los hombres azules

A los saharauis se los conoce como los hombres azules por el tono azulado de su piel, adquirido por el contacto con el azul índigo de su vestimenta. Son, en su mayoría, de origen beréber, con algunas mezclas norteafricanas y árabes, y hablan el hassaní, dialecto derivado del árabe. Son musulmanes y están divididos en tribus (2).

En 1973, se creó el Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación). La nueva organización se propuso combatir el colonialismo y lograr la independencia para los saharauis.

En 1976, el Frente Polisario creó la República Árabe Saharaui Democrática y comenzó a reclamar sus derechos. En 1979, Mauritania renunció a su parte del Sahara. La lucha, entonces, se prolongó entre los marroquíes y los hijos del desierto hasta 1991, en que ambas partes llegaron a un alto el fuego. Con la mediación de la ONU, los dos bandos se comprometieron a organizar un referéndum que decidiría si el Sahara proclamaba su independencia o si se incorporaba a Marruecos.

El protagonismo femenino

Luego de diversas alternativas políticas -que sería largo y tedioso enumerar- y de la llamada "Marcha verde", en que Marruecos invadió territorio del Sahara, arrasando con todo lo que halló a su paso, los saharauis, soportando el bombardeo marroquí, se internaron en el desierto y se establecieron en diferentes campamentos en medio de la hamada argelina.

Para quien no está habituado, la hamada es muy similar a un infierno: una extensión infinita y llana, un pedregal donde las temperaturas son extremas, donde no hay agua ni vegetación y donde sobrevivir para los humanos sería casi imposible. Allí llegaron hace 30 años las mujeres con sus niños y los ancianos, mientras sus hombres quedaban luchando por un sueño de libertad en un mundo de intereses egoístas.

Era eso o la esclavitud. Y no dudaron. Mientras sus hombres guerreaban, ellas decidieron que enfrentarían lo imposible, criarían a sus hijos, preservando la cultura de siglos.

De inmediato se organizaron. Construyeron las jaimas, que tradicionalmente son la vivienda en el desierto, primero, con lonas y pelo de camello; luego, amasaron ladrillos para ir levantando las precarias casitas que servirían de escuela y hospital. Organizaron guarderías y centros de formación para las mujeres, conscientes de que la educación era imprescindible para lograr una verdadera independencia.
Cuando comenzaron los asentamientos, el 90 % de la población era analfabeta. Hoy son muy pocos los que quedan sin saber leer y escribir. Los niños son escolarizados en hassaní y su segundo idioma es el español.

En todas las actividades, la mujer ha sido el motor principal organizando, alentando, manteniendo, sufriendo, pero sobrellevando con espíritu estoico la durísima vida en un entorno totalmente inhóspito.

Poder social y doméstico

"Que Alá te mande a la hamada", es un dicho muy común en la zona, casi como una maldición. Y allí se establecieron las mujeres saharauis en medio de la nada, esperando a sus hombres que, esporádicamente, dejan la lucha para retornar a sus hogares.

La mujer saharaui nunca respondió al estereotipo de la mujer oriental y musulmana que conocemos en Occidente. Su posición es el fruto de la combinación de la tradición árabe y beréber: la autoridad que el hombre pudiera tener a nivel social y político siempre estuvo compensada por el poder social y doméstico que tiene la mujer (3).

El éxodo hacia el desierto reforzó su protagonismo. Supieron asumir con total responsabilidad la organización y administración de los campamentos. Desde el principio tuvieron en claro que la formación y educación eran primordiales y se encargaron de formar y educarse, transmitiendo, primero, en forma oral, y luego, ya más sistemáticamente, todo lo que consideraron necesario para sobrevivir.

No olvidaron, por cierto, su cultura, religión, hábitos y costumbres. Celosas guardianas del fuego sagrado, saben de su importancia, sobre todo, en un pueblo disperso que, de otro modo, sucumbiría.

"Cuando salimos huyendo de nuestro país, decididos a refugiarnos en el desierto, los camiones del Frente Polisario nos recogían en plena noche y nos trajeron aquí. Al principio, los campamentos eran simples agujeros en el suelo, pero ya entonces y en aquellas condiciones organizamos escuelas y una mínima atención sanitaria. Desde la nada, cada una aportaba lo que sabía y enseñaba a los demás... Esté donde esté, el saharaui lleva consigo sus tradiciones, porque todos sabemos que para destruir a un pueblo basta con destruir sus costumbres."

Un día de trabajo

Ana Tortajada es una periodista y escritora española que viajó a los campamentos y convivió con este pueblo y sus valientes mujeres. En su libro "Hijas de la arena", nos cuenta cómo es un día cualquiera de trabajo.

Comienza a la madrugada, con la primera oración y cuando todavía los rayos del sol no han logrado disipar el intenso frío de la noche. La primera tarea es calentar el agua para el aseo de toda la familia. Por supuesto, el agua es un elemento valiosísimo y se cuida mucho. Se prepara el desayuno y los niños van a la escuela. Los más pequeños son dejados en las guarderías. Los campamentos son extensos y el traslado a pie entre uno y otro lleva su tiempo. Todos tienen labores asignadas, pero nadie cobra sueldo. Hay limpieza general que se realiza semanalmente, como también las reuniones dentro de la Unión de Mujeres, relacionadas con la función de cada uno y sus contactos con el exterior, tratando de que el mundo no los olvide.

Luego, al mediodía, se retorna para preparar la comida en las rudimentarias cocinas, un simple fogón alimentado por una pequeña garrafa de gas, o en el horno, encendido para el pan.

Las mujeres se reúnen alrededor del mechmar, brasero pequeño de hierro de base cilíndrica, y la bandeja del té, que no puede faltar, ya que para ellos es una de sus bebidas principales.

Trabajan, atienden sus hijos, tratan de mejorar, velan sus tradiciones con alegría y esperanzas en el porvenir.

Mirando hacia el futuro

La mujer saharaui es una contundente realidad en un mundo donde la sinrazón de los intereses políticos y económicos endurece los sentimientos humanitarios.

Ellas son hermosas, dignas, fuertes y decididas. Han incrementado sus embarazos para que, en el momento en que finalmente las Naciones Unidas decidan el postergado referéndum, su pueblo sea numeroso y fuerte. Defienden sus costumbres, en un exilio forzado que amenaza con borrar su memoria. Estudian, están presentes en los foros internacionales a través de la Unión de Mujeres Saharauis. Tienen capacidad de sufrimiento, son tenaces y abnegadas. Han logrado cambiar la mentalidad de sus compañeros.

Dice una de ellas: "Al hombre la mujer no lo puede ver como un obstáculo, sino como un compañero de vida. Son dos mundos opuestos, pero a la vez hay cosas que los unen. Ninguno puede vivir sin el otro...".

En la peor y más inhóspita zona del desierto, están realizando el milagro de vivir, de crear una comunidad preservando sus costumbres. Son las custodias de la memoria ancestral, han alcanzado un alto grado de protagonismo, al que, por cierto, no piensan renunciar.

Ellas son los soldados que vigilan con valor, dignidad y paciencia la cultura y el futuro de su pueblo, apoyando a sus hombres que reclaman los postergados tratados de paz, mientras Marruecos sigue levantando muros infamantes, muros sembrados de minas de la muerte, muros tan indignos como lo fue el de Berlín, como lo es el de Estados Unidos en la frontera mexicana. Muros que amordazan la libertad del hombre condenándolo a la más vergonzosa esclavitud: la de los límites que pone la fuerza bestial de la prepotencia armada.

La UNMS (4) hace un llamado a todas las mujeres del mundo para que les den su apoyo en la lucha por el derecho a la independencia y a la autodeterminación de su pueblo, a través del esperado referéndum de Naciones Unidas.

Mientras tanto, hacen oír su voz a través de los foros internacionales y siguen trabajando cotidianamente, soportando el calor intenso de los días y acunando sus sueños bajo el bellísimo cielo estrellado del desierto.

Ana María Zancada



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